Un reportaje a Claudio Gabis, en el sitio web de Jorge Senno
Claudio Gabis habla de Blues, trenes, y Avellaneda
Una tarde de verano, en Diciembre del ’98, decidimos con Claudio hacer un alto en uno de los paseos suburbanos de blues y ferrocarriles, que solemos realizar durante las anuales visitas de Gabis a Bs. As.. La Cervecería de Quilmes ofrecía un marco adecuado, para charlar sobre “Avellaneda Blues” y su proceso creativo, treinta años después.
La historia de como se inició la composición de “Avellaneda Blues” tiene como punto de partida un bar, que se llamaba el bar “Plaza”, frente a Parque Rivadavia; en el verano del ‘68. Allí me encontré con Luis Gambolini, que era un gran amigo mío, baterista, armoniquista cantante; tocó con Edelmiro (Molinari) en Color Humano…
En La Pesada también tocó, no?
Sí, éramos vecinos y él era uno de mis amigos de la época más temprana de mi dedicación musical.
Con Javier (Martínez) y Alejandro (Medina) ya estábamos ensayando con Manal; y me encontré con Gambolini a tomar una cerveza, en una noche de verano, a eso de las 9 ó 10 de la noche y luego de la primera o segunda cerveza le digo : “Escuchame , Luis, ¿no me acompañás a pasear por Avellaneda?”; y me dice : “Vos estás loco, ¿qué vamos a hacer en Avellaneda”; y yo le digo “Tengo ganas de hacer un paseo, es una noche muy blues”. Hacía calorcito, había un ambiente propicio como para hacer una excursión de ese tipo…nocturno, y, se vé que la cerveza me había inspirado. Finalmente lo convencí.
Nos tomamos un colectivo y fuimos a parar a la barrera que hay en Avellaneda, en Fiorito más específicamente, en la Av. Bernardino Rivadavia, donde se cruza con el ramal de cargas que viene de la Estación Solá en Buenos Aires. Este tren, que es exclusivo para cargas, sale de Solá, cruza el Riachuelo (hemos estado por ahí alguna vez); cruza B. Rivadavia por ese paso a nivel del cual te hablaba, y de ahí se dirige hacia la Av. Pavón, la cruza por ariba y va directamente a lo que se llama el “Kilo 5”, que es una playa de clasificación de cargas que queda frente a Gerli. Cruza por un puente sobre la línea principal del F.F.C.C. Roca a Temperley (el ferrocarril más blues de todos). Por encima del Kilo 5 pasan los siete puentes. Esta zona para mí es el corazón del blues ferroviario porteño.
Entonces fuimos caminando desde B. Rivadavia por el terraplén cruzamos sobre la Av. Pavón, por un puente que creo que sólo tiene los durmientes, o sea que hay que ir saltando de durmiente en durmiente. A todo esto ya eran como las doce de la noche. Seguimos caminando hasta llegar al Empalme Crucesita que queda atrás de las gloriosas canchas de Racing e Independiente. Ahí estábamos realmente en el medio de la nada ferroviaria, con un cagazo negro. Los perros ladraban, no había nadie, la verdad que era muy blues, todavía habían locomotoras de vapor y se escuchaban los silbatos a lo lejos, las bocinas de las Diesel, las luces de la ciudad en el fondo, los carteles luminosos a lo lejos detrás de los monoblocs, y nosotros totalmente a oscuras; pasaban los trenes de la línea a Sarandí. Nos bajamos como pudimos por el terraplén hacia la Av. Mitre y nos volvimos nuevamente al mismo bar, en Florencio Balcarce y Rivadavia, que ya estaba cerrando.
Nos tomamos una última cerveza y el gallego nos echó. Yo me volví a mi casa. Estaba muy excitado, porque además, realmente el paseo había sido blues, ferrocarriles; que junto al Riachuelo y todo el Sur son lugares muy inspiradores para mí.
En casa agarré la viola “Supertone”, no tenía la Telecaster todavía, y sin conectarla; porque mis viejos no se podían enterar, monté los acordes del tema. Hice una secuencia de blues diferente con cosas que a mí me sonaban a Avellaneda, pero eso es personal y subjetivo; por ejemplo ese “vamp” que se repite G Am ; eso me suena a Avellaneda. ¿Por qué? porque sí. Y me suenan precisamente al cruce del Riachuelo tanto por el F.F.C.C. Roca, como por el puente Pueyrredón. Y hay acordes que me sonaban a esa soledad del descampado con las vías, los edificios y las calles lejos detrás de la playa ferroviaria. Todo eso está sugerido por la armonía, personalmente, para mí. Pero hay dos acordes que me lo sugieren particularmente: uno es el Bb en lugar del dominante (es decir en el tema no se pasa por un D7, sino que se trabaja Bb Am), y el Cm7(b5) antes de ir al Bb. Esa misma noche hice un bosquejo, escribí en una hojita que conservo todavía, unas ideas de imágenes, una media docena.
Al día siguiente, o un par de noches después, hubo a una famosa fiesta, en la que conocimos a Jorge Alvarez, nuestro productor, en el Hogar Obrero de Rivadavia y J. M. Moreno, en la casa de Pirí Lugones y sus hijos, que eran amigos nuestros. Pirí fue una famosa desaparecida posterior. En esa fiesta nos presentaron a Jorge Alvarez y a Pedro Pujó, que fueron los futuros Mandioca; la reunión había sido organizada por Pirí que conozcamos a Alvarez. Entre un montón de gente estaban Miguelito Abuelo, Tanguito, Alejandro (Medina), Javier, yo, y muchos otros. Gente inn del ambiente de esa época. Tocábamos, charlábamos…
En un momento yo me recosté junto a una pared cercana a una ventana con Javier, y le digo: “Estuve haciendo esta base de Blues, y empecé a hacer una letrita”; le mostré la base y le conté un poco lo que habíamos hecho. Alguien de los dos tomó papel y lápiz, y Javier se hizo cargo de la poética, tomando un par de ideas de lo que yo había hecho, y después, por supuesto desarrollándolo. En menos de una hora, yo creo que estaba hecho el tema. Como era habitual en esos casos, se cantaba en ese mismo momento, delante de todo el mundo, con la gente alrededor escuchando. Me acuerdo de la imagen de Jorge Alvarez copado. Creo que tal como quedó ese día fué…Había imágenes que me resultaron extrañas, pero que hoy no me resultan extrañas; como la del amigo durmiendo cerca de un barco español … Me parece que Javier citaba ahí, con libertad poética, a algunos de los amigos que teníamos en Avellaneda: Enrique Avellaneda era uno, bajista , guitarrista, cantante; Cebollo que era un punguista amigo nuestro (un gran tipo, a pesar de su profesión); otro que era encargado de cabinas de señales del F.F.C.C. Roca, en Gerli, había mucha gente amiga. También pudo haber citado a algún vagabundo, no?. Eso después lo toma Moris.
En el “Mendigo de Dock Sud”.
A mí lo que me sugiere “Avellaneda Blues”, que en el caso tuyo personal sabés que es auténtico, que yo soy un enamorado del Sur; y de los que pasan por el Sur; yo no vivo ni viví en el Sur; la visión de todo eso desde adentro debe ser diferente; pero es un tema que yo considero básicamente bello, un tema hermoso con un buen equilibrio letra/ música, y con una poesía que si bien no me atrevo a decir que es mejor ni peor que otro tema de Javier (porque el 100% de las letras que Javier escribió en esa época y que está en esos discos de Manal a mí me parece todo impresionante); pero ese blues tiene una característica acuarelística no del todo común en el Rock (sí en el Tango y en otros géneros), con esa frescura y con ese nivel . Ese tema tiene nivel…Tiene nivel poético, tiene nivel musical, de interpretación del trío.
Yo tengo recuerdos maravillosos tanto de lo que atañe al momento de componerlo, como a su grabación; de como nació y se hizo. Fue todo muy inspirado.
Lo grabaron también de una…
Se grabó bajo, batería y guitarra rítmica, luego el canto, la viola octavada y el solo; y más tarde le puse piano. Lo que hice en el piano, modestia aparte, aunque no tiene técnica, ni virtuosismo ni nada, me gusta. Le dió un color muy apropiado. Desde la parte que a mí me corresponde como compositor, la sensación que me dá es que el tema está logrado. Se logró lo que queríamos transmitir.
¿Querés comentar algo acerca del solo?
La primer fase del solo está inspirada en una frase de saxo de Gerry Mulligan de un disco que yo tenía de él y que me había prestado Javier. Un desarrollo fraseológico que le hice a eso fue la escala menor armónica (ver “notas”). El resto del solo está “tocado”. Yo tenía el comienzo y la solución esa más o menos previstos. El resto lo toqué… y no me gustó. Recuerdo que terminé de tocar el solo por segunda vez, y volví totalmente descorazonado a la cabina, y en eso sale de allí Javier, Alejandro y el técnico diciéndome que “está buenísimo”, y yo les respondí “ No, no me gusta”, y ellos me decían “ese solo es”. No era de mi agrado sobre todo la segunda parte. Incluso pienso que tanto en la grabación que hicimos con León Gieco (en el C.D. “Convocatoria 2”) como en la original el solo debió haber tenido una sola vuelta. Pero en la original la segunda vuelta se resuelve muy bien.
La versión con León también fue muy inspirada y está tocada con gente muy entrañable para mí: Ciro Fogliatta en teclados, Horacio Fumero ( que fue quien vino con Gieco desde Cañada Rosquín a Bs. As., tocaban juntos en “Los Moscos”) en contrabajo. Con Fumero compartimos varios grupos. Vive en Barcelona y nos vemos muy a menudo (Claudio reside actualmente en Madrid). Grabamos en España la base, y luego la trajimos a Bs. As. y la cantó León; con la peculiaridad de que Gieco esté cantando un tema supuestamente distante de lo suyo, y sin embargo no lo hizo distante. No lo comparo con Javier. Lo de Javier para mí es insuperable, y lo de León también.
Notas:
Pocas cosas me quedan para agregar, solo un par de aclaraciones.
-A lo largo de todo el tema hay una guitarra octavada que va doblando las fundamentales de los acordes (Ej: G, C#, C, etc).
-Muchos de los finales de frase tienen arrastres (lo mejor es escuchar para darse cuenta).
-En los compases 20 (al final) y 21 hay una hermosa frase en Am armónico (con el Eb de paso en la parte ascendente que viene de la escala de Blues de G).
-El resto del solo se basa en la Escala de Blues de G y en la Mixolidia de G.
Avellaneda Blues
(Javier Martínez- Claudio Gabis)
G7(13) [C#7(9)]
Vía muerta
C7(9)
Calle con asfalto
G7(13) F#7(13) G7(13) C#7(9)
siempre destrozado
C7(9)
Tren de carga
Em7(b5)
El humo y el hollín
G7(13) F#7(13) G7(13) Cm7(b5)
están por todos lados
Bb Am7
Hoy llovió
G7(13) Am7
Y todavía
G7(13) Am7 [G7(13) Am7] x2
está nublado.
Sur y aceite
Barriles en el barro
Galpón abandonado
Charco sucio
El agua va pudriendo
un zapato olvidado
Un camión interrumpe
el triste descampado.
Luz que muere
La fábrica parece
un duende de hormigón
Y la grúa
su lágrima de carga
inclina sobre el Dock
Un amigo duerme
cerca de un barco español.
Amanece
La avenida desierta
pronto se agitará
Y los obreros
fumando impacientes
a su trabajo van
Sur, un trozo de este siglo
Barrio industrial.
jorgesenno@gmail.com
miércoles, 14 de marzo de 2012
jueves, 8 de marzo de 2012
Mamá y la Yaquelín
por Graciela Taddey
Sentate en mis rodillas,
Yaquelín, hacete la dormida
y ya verás:
cuando no pase gente
te contaré otro chiste
pero ahora viene una señora gorda,
Yaquelín,
quedate bien quietita,
"una ayudita favorsito doña"
clin, clin
unos pesitos más,
quedate bien quietita
Yaquelín,
un año más y no podré tenerte ya en la falda;
estás flaca pero alta, Yaquelín
bajo el capote azul (que la garúa justifica)
escondé tus patitas alargadas;
parecés un gurí, mi Yaquelín;
yo te tuve a los quince, al empezar
pero ahora en veintiséis y sin los dientes
el yiro ya no da;
por eso Yaquelín aquí estamos las dos,
-callate y pongo cara de dolor-
"una ayudita por favor señora"
clin clin (...)
Sentate en mis rodillas,
Yaquelín, hacete la dormida
y ya verás:
cuando no pase gente
te contaré otro chiste
pero ahora viene una señora gorda,
Yaquelín,
quedate bien quietita,
"una ayudita favorsito doña"
clin, clin
unos pesitos más,
quedate bien quietita
Yaquelín,
un año más y no podré tenerte ya en la falda;
estás flaca pero alta, Yaquelín
bajo el capote azul (que la garúa justifica)
escondé tus patitas alargadas;
parecés un gurí, mi Yaquelín;
yo te tuve a los quince, al empezar
pero ahora en veintiséis y sin los dientes
el yiro ya no da;
por eso Yaquelín aquí estamos las dos,
-callate y pongo cara de dolor-
"una ayudita por favor señora"
clin clin (...)
Martina Chapanay, montonera Huarpe de San Juan Argentina
![]() |
| según el dibujante Gustavo FERNÁNDEZ |
Norberto Galasso
Nace en Valle del Zonda, provincia de San Juan. Es hija de un caudillo huarpe de ese nombre y de una cautiva blanca. Desde corta edad, aprende a orientarse en los valles y montañas, así como luego a montar y domar caballos, manejar el arco y las boleadoras. Realiza todas estas tareas a la par de los hombres y así también, aprende a pelear, convirtiéndose en protagonista de historias de leyenda donde sobresale por su audacia y valentía.
A partir de 1822, se habría incorporado a la montonera enrolándose en el ejército de Facundo Quiroga y participando en las batallas que da el caudillo riojano. Después del asesinato del Tigre de los Llanos, ella vuelve a la comunidad durante cierto tiempo, pero la política del centralismo porteño, que esquilma a los habitantes de las provincias, la conduce de nuevo a la pelea, ahora sumándose a las fuerzas del caudillo sanjuanino Nazario Benavídez. Mantiene así su militancia federal, participando en la batalla de Angaco y en el Sitio a San Juan.
En 1859, Benavídez es asesinado por los liberales sanjuaninos, amigos de Sarmiento. Ella se repliega para luego acercarse a la montonera de Ángel Vicente Peñaloza, El Chacho, destacándose nuevamente por su brío y valentía. […] Por tercera vez, su jefe, esta vez El Chacho, muere asesinado, y en este caso degollado, por las llamadas fuerzas de “la civilización”.
Martina regresa a Valle Fértil, la zona de sus antepasados y ahí reside hasta su fallecimiento en 1874, en la localidad de Mogna, donde una cruz de madera indica el lugar en que fue sepultada.
Sus hazañas innumerables y heroicas han dejado un recuerdo imborrable en la memoria colectiva del pueblo cuyano. Su imagen de mujer valiente, entregada a defender a las familias más pobres y a reivindicar los derechos de esas provincias empobrecidas, perdura en el oeste del país, aunque los libros, las academias y los colegios no han referencia alguna a su existencia, tal el caso de la Gran Enciclopedia Argentina, de Santillán y la Enciclopedia Visual de Argentina, de la A a la Z, editada por Clarín. Excepcionalmente se la menciona y en esos casos, se la considera –al igual que a Felipe Varela- como “integrante de bandas de forajidos y salteadores”, precio que paga por su militancia en el federalismo provinciano, ignorado o vituperado por la casi totalidad de los historiadores.
Norberto Galasso, Los Malditos, Vol. II: 84. Buenos Aires: Ediciones Madres de Plaza de Mayo
miércoles, 7 de marzo de 2012
Ítalo Calvino: La aventura de un fotógrafo (1953)
Con la primavera, cientos de miles de ciudadanos salen el domingo con el estuche en bandolera. Y se fotografían. Vuelven contentos como cazadores con el morral repleto, pasan los días esperando con dulce ansiedad las fotos reveladas (ansiedad a la que algunos añaden el sutil placer de las manipulaciones alquímicas en la cámara oscura, vedada a las intrusiones de los familiares y acre de ácidos al olfato), y sólo cuando tienen las fotos delante de los ojos parecen tomar posesión tangible del día transcurrido, sólo entonces el torrente alpino, el gesto del nene con el cubo, el reflejo del sol en la pierna de la esposa adquieren la irrevocabilidad de lo que ha sido y ya no puede ser puesto en duda. Lo demás puede ahogarse decididamente en la sombra insegura del recuerdo.En la frecuentación de los amigos y colegas, Antonino Paraggi, no-fotógrafo, advertía un creciente aislamiento. Cada semana descubría que en las conversaciones de los que magnifican la sensibilidad de un diafragma o discurren sobre el número de dinas se unía la voz de alguien a quien hasta ayer había confiado, seguro de compartirlos, sus sarcasmos hacia una actividad para él tan poco excitante y tan pobre en imprevistos.
Como profesión, Antonino Paraggi desempeñaba funciones ejecutivas en los servicios de distribución de una empresa productiva, pero su verdadera pasión era comentar con los amigos los acontecimientos pequeños y grandes, desentrañando de los embrollos particulares el hilo de las razones generales; era, en suma, por actitud mental, un filósofo y ponía todo su amor propio en conseguir explicarse incluso los hechos más alejados de su experiencia. Ahora bien, sentía que algo en la esencia del hombre fotográfico se le escapaba, el secreto llamamiento en respuesta al cual nuevos adeptos seguían enrolándose bajo la bandera de los aficionados al objetivo, elogiando algunos los progresos de sus habilidades técnicas y artísticas, otros por el contrario atribuyendo todo el mérito a la calidad del aparato que habían comprado capaz (según ellos) de producir obras maestras aunque fuera confiado a manos ineptas (como calificaban las propias, porque cuando el orgullo se ponía en exaltar las virtudes de los artefactos mecánicos, el talento subjetivo estaba dispuesto a humillarse en la misma proporción). Antonino Paraggi entendía que lo decisivo no era ni un motivo de satisfacción ni el otro: el secreto residía en otra cosa.
Es preciso decir que este buscar en la fotografía las razones de su descontento —como el de quien se siente excluido de algo— era en parte también una artimaña de Antonino consigo mismo para no tener que tomar en cuenta otro proceso más evidente que iba separándolo de los amigos. Lo que estaba ocurriendo era que sus coetáneos iban casándose uno tras otro, fundaban una familia, mientras Antonino seguía soltero. Pero entre los dos fenómenos existía un lazo innegable, ya que a menudo la pasión del objetivo nace de manera natural y casi fisiológica como efecto secundario de la paternidad. Uno de los primeros instintos de los progenitores, después de haber traído un hijo al mundo, es el de fotografiarlo; y dada la rapidez del crecimiento, resulta necesario fotografiarlo a menudo, porque nada es más lábil e irrecordable que un niño de seis meses, borrado en seguida y sustituido por el de ocho meses y después por el de un año; y toda la perfección que a los ojos de los progenitores puede haber alcanzado un hijo de tres años no basta para impedir que se insinúe, para destruirla, la nueva perfección de los cuatro, quedando sólo el álbum fotográfico como lugar donde todas esas fugaces perfecciones pueden salvarse y yuxtaponerse, aspirando cada una a un absoluto propio, incomparable.
En el frenesí de los progenitores recientes por encuadrar la prole en el visor para reducirla a la inmovilidad del blanco y negro o de la diapositiva en color, Antonino, no-fotógrafo y no-procreador, veía sobre todo una fase de la carrera hacia la locura que se incubaba en aquel negro instrumento. Pero sus reflexiones sobre el nexo iconoteca-familia-locura eran expeditivas y reticentes: de lo contrario hubiera comprendido que en realidad el que corría el mayor peligro era él, el soltero. En el círculo de amigos de Antonino era habitual pasar juntos los fines de semana en las afueras, siguiendo una costumbre que para muchos de ellos venía de los años estudiantiles y que se había extendido a las novias y después a las esposas y a la prole, además de las niñeras y gobernantas, y en algunos casos a los nuevos parientes y conocidos de ambos sexos.
Pero como la continuidad de las frecuentaciones y de los hábitos nunca había disminuido, Antonino podía hacer como si nada hubiese cambiado con el paso de los años y como si aquélla fuese todavía la banda de muchachos y de chicas de antes, y no un conglomerado de familias en el que él seguía siendo el único soltero sobreviviente. Era cada vez más frecuente que en esas excursiones al mar o a la montaña, en el momento de la foto de grupo familiar o interfamiliar, se pidiera la intervención de un operador extraño, a veces un transeúnte, que se prestara a apretar el disparador del aparato ya enfocado y apuntando en la dirección deseada. En esos casos Antonino no podía negar sus servicios: tomaba la máquina de las manos de un progenitor o de una progenitura que corría a ubicarse en segunda fila, estirando el cuello entre dos cabezas o acuclillándose entre los más pequeños; y concentrando todas sus fuerzas en el dedo destinado a tal uso, apretaba el disparador.
Las primeras veces una involuntaria rigidez de los brazos desviaba la mira y captaba arboladuras de embarcaciones o agujas de campanarios, o decapitaba a tíos y abuelos. Fue acusado de hacerlo a propósito, criticado por gastar ese tipo de broma pesada. No era cierto: su intención era prestar el dedo como dócil instrumento de la voluntad colectiva, pero al mismo tiempo servirse de la momentánea posición de privilegio para exhortar a fotógrafos y fotografiados sobre el significado de sus actos. Apenas la yema del dedo alcanzó la deseada separación de su persona e individualidad, fue libre de comunicar sus teorías con razonados argumentos, encuadrando entretanto logradas escenas de conjunto. (Algunos éxitos casuales habían bastado para darle desenvoltura y confianza con los visores y los fotómetros.) —Porque una vez que has empezado —predicaba—, no hay razón alguna para detenerse.
El paso entre la realidad que ha de ser fotografiada porque nos parece bella y la realidad que nos parece bella porque ha sido fotografiada, es brevísimo. Si fotografías a Pierluca mientras levanta un castillo de arena, no hay razón para no fotografiarlo mientras llora porque el castillo se ha desmoronado, y después mientras la niñera lo consuela mostrándole una concha en medio de la arena. Basta empezar a decir de algo: «¡Ah, qué bonito, habría que fotografiarlo!» y ya estás en el terreno de quien piensa que todo lo que no se fotografía se pierde, es como si no hubiera existido, y por lo tanto para vivir verdaderamente hay que fotografiar todo lo que se pueda, y para fotografiarlo todo es preciso: o bien vivir de la manera más fotografiable posible, o bien considerar fotografiable cada momento de la propia vida. La primera vía lleva a la estupidez, la segunda a la locura.
—Más loco y estúpido serás tú —le decían los amigos—, y además un pesado. —Para quien quiere recuperar todo lo que pasa ante sus ojos —explicaba Antonino aunque nadie siguiera escuchándolo—, el único modo de actuar con coherencia es disparar por lo menos una foto por minuto, desde que abre los ojos por la mañana hasta el momento de irse a dormir. Sólo así los rollos de película impresionada constituirán un diario fiel de nuestros días, sin que nada quede excluido. Si yo me pusiera a hacer fotografías, seguiría este camino hasta el final, a costa de perder la razón. En cambio, vosotros todavía pretendéis hacer una elección. Pero, ¿cuál? Una elección en sentido idílico, apologético, de consolación, de paz con la naturaleza, la nación, los parientes. La vuestra no es sólo una elección fotográfica; es una elección de vida que os lleva a excluir los contrastes dramáticos, los nudos de las contradicciones, las grandes tensiones de la voluntad, de la pasión, de la aversión. Creéis salvaros así de la locura, pero caéis en la mediocridad, en la imbecilidad.
Una tal Bice, ex cuñada de alguien, y una tal Lydia, ex secretaria de algún otro, le pidieron por favor que les tomara una instantánea mientras jugaban a la pelota entre las olas. Asintió, pero como entretanto había elaborado una teoría contra las instantáneas, se apresuró a comunicarla a las dos amigas. — ¿Qué es lo que os lleva, chicas, a extraer de la móvil continuidad de vuestra jornada estas tajadas de tiempo, del espesor de un segundo? Mientras os lanzáis la pelota vivís en el presente, pero apenas la escansión de los fotogramas se insinúa entre vuestros gestos no es ya el placer del juego el que os mueve, sino el de veros en el futuro, de encontraros dentro de veinte años en un cartón amarillento (sentimentalmente amarillento, aunque los procedimientos modernos de fijación lo preserven inalterado). El gusto por la foto espontánea, natural, tomada de lo vivo mata la espontaneidad, aleja el presente. La realidad fotografiada asume en seguida un carácter nostálgico, de alegría desaparecida en alas del tiempo, un carácter conmemorativo, aunque sea una foto de anteayer. Y la vida que vivís para fotografiarla es ya desde el comienzo conmemoración de sí misma. Creer más verdadera la instantánea que el retrato con pose es un prejuicio…
Mientras hablaba, Antonino iba brincando en el mar alrededor de las dos amigas para enfocar los movimientos del juego y excluir del encuadre los reflejos deslumbradores del sol en el agua. En una lucha por la pelota, Bice, que se abalanzaba sobre la otra ya sumergida en el agua, fue fotografiada con el trasero en primer plano volando sobre las olas. Para no perder este escorzo, Antonino se echó de espaldas en el agua con la máquina en alto y estuvo a punto de ahogarse. —Han salido todas muy bien, y ésta es magnífica —comentaron ellas unos días después, arrancándose las pruebas de las manos. Le habían citado en la tienda del fotógrafo—. Eres un excelente fotógrafo, tienes que tomarnos otras.
Antonino había llegado a la conclusión de que había que volver a los personajes en pose, en actitudes representativas de su situación social y de su carácter, como en el siglo pasado. Su polémica anti fotográfica sólo podía desarrollarse desde el interior de la caja negra, contraponiendo un tipo de fotografía a otro. —Me gustaría tener una de esas viejas máquinas de fuelle —dijo a las amigas— apoyada en un trípode. ¿Os parece que se podrán encontrar? —Bueno, tal vez en algún mercado de ocasión… —Vamos a buscar. Las amigas encontraron divertida la caza del objeto curioso: juntas pasaron revista a los vendedores de baratijas, interpelaron a los viejos fotógrafos ambulantes, los siguieron a sus cuchitriles. En aquellos cementerios de materiales en desuso se juntaban columnitas, biombos, telones con desvaídos paisajes pintados; todo lo que evocaba un viejo estudio de fotógrafo Antonino lo compraba.

Al final consiguió echar mano a una cámara de cajón, con el disparador en forma de pera. Parecía funcionar perfectamente. Antonino la compró junto con un surtido de placas. Ayudado por las amigas, en una habitación de su casa instaló el estudio, todo con objetos anticuados, salvo dos reflectores modernos. Ahora estaba satisfecho. —Hay que partir de aquí —explicó a las amigas—. La forma en que nuestros abuelos se ponían en pose, la convención según la cual se disponían los grupos, revelaba un significado social, una costumbre, un gusto, una cultura. Una fotografía oficial o matrimonial o familiar o escolar daba la idea de cuánto tenía de serio e importante cada papel o institución, pero también cuánto tenía de falso y de forzado, de autoritario, de jerárquico. Esta es la cuestión: hacer explícitas las relaciones con el mundo que cada uno de nosotros lleva consigo, y que hoy hay tendencia a esconder a volver inconscientes, creyendo que de este modo desaparecen, cuando en realidad…
—Pero, ¿a quién quieres hacer posar? —Venid mañana y empezaré a haceros fotos como digo yo. —Dime, ¿qué te propones? —dijo Lydia con súbita desconfianza. Sólo en ese momento, en el estudio instalado, veía que allí todo tenía un aire siniestro, amenazador—. ¡Estás soñando si crees que vendremos a hacerte de modelos! Bice se rió burlona, pero al día siguiente volvió a casa de Antonino, sola. Llevaba un vestido de lino blanco, con bordados de colores en los bordes de las mangas y de los bolsillos. Una raya le dividía el pelo recogido sobre las sienes. Se reía un poco como con disimulo, inclinando la cabeza hacia un lado. Mientras la hacía pasar, Antonino estudiaba en sus gestos, entre remilgados e irónicos, cuáles eran los rasgos que definían su verdadero carácter. La hizo sentar en una gran butaca y metió la cabeza bajo el paño negro que envolvía el aparato. Era una de esas cajas con la pared posterior de vidrio, donde la imagen se refleja ya casi como en una placa, espectral, un poco lechosa, separada de toda contingencia en el espacio y en el tiempo. Antonino tuvo la impresión de que veía a Bice por primera vez. Había una docilidad en la caída un poco pesada de los párpados, en el cuello tendido hacia adelante, que prometía algo escondido, así como su sonrisa parecía esconderse detrás del acto mismo de sonreír.
—Eso es, así, no, la cabeza más para allá, alza los ojos, no, bájalos. Antonino perseguía dentro de aquella caja algo de Bice que de pronto le parecía preciosísimo, absoluto. —Ahora te haces sombra, acércate más a la luz, no, antes estaba mejor. Había muchas fotografías posibles de Bice y muchas Bice imposibles de fotografiar, pero lo que él buscaba era la fotografía única que contuviera unas y otras. —No te cojo —su voz salía ahogada y quejumbrosa de debajo de la capa negra—, ya no, no lo consigo. Se liberó del paño y se incorporó. Se había equivocado en todo desde el principio. La expresión, el acento, el secreto que se creía a punto de captar en el rostro de ella era algo que lo arrastraba a las arenas movedizas de los estados de ánimo, de los humores, de la psicología: él también era uno de los que persiguen la vida que huye, un cazador de lo inasible, como los fotógrafos de instantáneas. Debía seguir el camino opuesto: apuntar a un retrato de superficie, manifiesto, unívoco, que no esquivara la apariencia convencional, estereotipada, de la máscara. La máscara, por ser ante todo un producto social, histórico, contiene más verdad que cualquier imagen que pretenda ser «verdadera»; lleva consigo una cantidad de significados que se revelarán poco a poco. ¿No era justamente con esta intención con la que Antonino había montado ese estudio destartalado?
Observó a Bice. Tenía que partir de los elementos exteriores de su aspecto. En la forma que tenía Bice de vestirse y de arreglarse —pensó— se reconocía la intención entre nostálgica e irónica, extendida en el gusto de aquellos tiempos, de remitirse a la moda de hacía treinta años. La fotografía hubiera debido acentuar esa intención: ¿cómo no lo había pensado? Antonino fue a buscar una raqueta de tenis; Bice estaría de pie, de tres cuartos, con la raqueta debajo del brazo y una expresión de postal sentimental. A Antonino, desde debajo de la manta negra, la imagen de Bice —en lo que tenía de esbelto y de adaptado a la pose, y en lo que tenía de inadaptado y casi incongruente y que la pose acentuaba— le pareció muy interesante. La hizo cambiar varias veces de posición, estudiando la geometría de las piernas y de los brazos en relación con la raqueta y con un elemento de fondo. (En la tarjeta ideal en que estaba pensando, debía figurar la red de la cancha de tenis, pero no podía pretenderse demasiado y Antonino se contentó con una mesa de ping pong.)
Pero todavía no se sentía en terreno seguro: ¿no estaba acaso tratando de fotografiar recuerdos, más aún, vagos ecos de recuerdos que afloraban en la memoria? Su negativa a vivir el presente como recuerdo futuro, a la manera de los fotógrafos domingueros, ¿no lo llevaba a intentar una operación igualmente irreal, es decir, a dar un cuerpo al recuerdo para sustituir el presente que tenía delante de sus ojos? — ¡Muévete, qué haces ahí como un palo, alza la raqueta, demonios! ¡Haz como si jugaras al tenis! — dijo de pronto furioso. Había comprendido que sólo exasperando la pose se podía alcanzar una extrañeidad objetiva; sólo fingiendo un movimiento interrumpido por la mitad podía darse la impresión de lo detenido, de lo no viviente.
Bice se prestaba dócilmente a ejecutar sus órdenes aunque resultaran imprecisas y contradictorias, con una pasividad que era también como declararse fuera del juego, y sin embargo insinuando de alguna manera, en ese juego que no era suyo, los movimientos imprevisibles de un misterioso partido. Lo que Antonino esperaba ahora de Bice, al decirle que pusiera las piernas y los brazos de esta forma y de aquélla, no era tanto la simple ejecución de un programa como la respuesta de ella a la violencia que él le hacía con sus requerimientos, una imprevisible, agresiva respuesta a la violencia a que Antonino la sometía cada vez más.
Era como en los sueños, pensó Antonino contemplando sepultada en la oscuridad a aquella tenista improbable que se filtraba en el rectángulo de vidrio: como en los sueños, cuando una presencia venida de las profundidades de la memoria se adelanta, se deja reconocer y de pronto se transforma en algo desesperado, en algo que aun antes de la transformación asusta porque no se sabe en qué irá a transformarse. ¿Quería fotografiar los sueños? Esa sospecha lo hizo enmudecer, escondido en su refugio de avestruz, la perilla del disparador en la mano, como un idiota; y mientras tanto Bice, entregada a sí misma, continuaba una especie de danza grotesca, inmovilizándose en exagerados gestos de tenista, revés, drive, levantando en alto la raqueta o bajándola hasta el suelo, como si la mirada que salía de aquel ojo de vidrio fuera la pelota que ella seguía rechazando.
—Basta, ¿qué comedia es ésa? No era eso lo que yo quería decir —y Antonino cubrió la máquina con el paño, empezó a pasearse por la habitación. La culpa de todo la tenía el vestido, con sus evocaciones de tenis y preguerra… Era preciso reconocer que con vestido de calle una foto como la que él quería no se podía hacer. Se necesitaba cierta solemnidad, cierta pompa, como las fotos oficiales de las reinas. Sólo en traje de noche Bice se convertiría en un tema fotográfico, con el escote que marca un límite neto entre el blanco de la piel y lo oscuro de la tela, subrayado por el centelleo de las joyas, un límite entre una esencia de mujer atemporal y casi impersonal en su desnudez y la otra abstracción, social ésta, del vestido, símbolo de un papel igualmente impersonal, como el drapeado de una estatua alegórica.
Se acercó a Bice, empezó a desabotonarle el cuello, el busto, a deslizarle el vestido por los hombros. Se le habían ocurrido ciertas fotografías decimonónicas de mujeres en las que del cartón blanco emerge el rostro, el cuello, la línea de los hombros descubiertos, y todo lo demás se desvanece en el blanco. Ese era el retrato fuera del espacio y del tiempo que ahora quería: no sabía bien cómo, pero estaba decidido a conseguirlo. Situó el reflector encima de Bice, acercó la máquina, se agitó bajo el paño para regular la apertura del objetivo.
Miró. Bice estaba desnuda. El vestido se había deslizado hasta los pies; debajo no llevaba nada; había dado un paso adelante; no, un paso atrás, que era como si avanzara toda entera en el cuadro; estaba erguida, alta delante de la máquina, tranquila, mirando hacia adelante, como si estuviera sola. Antonino sintió que la visión de ella le entraba por los ojos ocupaba todo el campo visual, lo sustraía al flujo de las imágenes casuales y fragmentarias, concentraba tiempo y espacio en forma finita. Y como si esta sorpresa de la visión y la impresión de la placa fueran dos reflejos ligados entre sí, apretó en seguida el disparador, volvió a cargar la máquina, disparó, puso otra placa, disparó, siguió cambiando placas y disparando, mientras farfullaba, ahogado por el paño: —Eso es, ahora sí, así está bien, eso es, otra vez, así sales bien, otra vez. No tenía más placas. Salió de debajo del paño. Estaba contento.
Delante de él, Bice, desnuda, esperaba. —Ahora puedes taparte —dijo, eufórico pero ya con prisa—, salgamos. Ella lo miró desconcertada. —Ahora sí que te he cogido —dijo Antonino. Bice se echó a llorar. Ese mismo día Antonino descubrió que se había enamorado de ella. Se pusieron a vivir juntos y él compró los más modernos aparatos, teleobjetivos, equipo perfeccionado, instaló un laboratorio. Tenía también dispositivos para poder fotografiarla de noche mientras dormía. Bice se despertaba con el flash, contrariada; Antonino seguía disparando instantáneas de Bice despegándose del sueño, Bice enfadada con él, Bice tratando inútilmente de volver a dormirse hundiendo la cara en la almohada, Bice reconciliándose, Bice que reconocía como actos de amor esas violencias fotográficas.
En el laboratorio de Antonino, empavesado de películas y pruebas, Bice se asomaba en todos los fotogramas como en la retícula de un panal se asoman miles de abejas que son siempre la misma abeja: Bice en todas las actitudes, escorzos, maneras, Bice en pose o fotografiada sin saberlo, una identidad fragmentada en un polvillo de imágenes. —Pero, ¿qué es esa obsesión con Bice? ¿No puedes fotografiar otra cosa? —era la pregunta que escuchaba continuamente de los amigos y también de ella. —No se trata simplemente de Bice — contestaba—. Es una cuestión de método. Cualquiera que sea la persona que decidas fotografiar, o la cosa, has de seguir fotografiándola siempre y sólo a ella, a todas horas del día y de la noche. La fotografía tiene un sentido únicamente si agota todas las imágenes posibles.
Pero no decía lo que le interesaba por encima de todo: atrapar a Bice por la calle cuando no sabía que él la veía, tenerla a tiro de objetivos ocultos, fotografiarla no sólo sin dejarse ver sino sin verla, sorprenderla tal como era en ausencia de su mirada, de cualquier mirada. No es que quisiera descubrir algo en particular; no era celoso en el sentido corriente de la palabra. La que quería poseer era una Bice invisible, una Bice absolutamente sola, una Bice cuya presencia entrañase la ausencia de él y de todos los demás. Se definiera o no como celos, era en suma una pasión difícil de soportar. Bice lo plantó.
Antonino se hundió en una crisis depresiva. Empezó a llevar un diario: fotográfico, desde luego. Con la máquina colgada del cuello, encerrado en la casa, hundido en una butaca, disparaba fotos compulsivamente mirando el vacío. Fotografiaba la ausencia de Bice. Recogía las fotos en un álbum: se veían ceniceros llenos de colillas, una cama deshecha, una mancha de humedad en la pared. Se le ocurrió la idea de componer un catálogo de todo lo que en el mundo es refractario a la fotografía, de todo lo que queda sistemáticamente fuera del campo visual, no sólo de las cámaras sino de los hombres. Se pasaba días con cada tema, agotando rollos enteros, con intervalos de horas, para poder seguir los cambios de la luz y de las sombras.
Un día se detuvo en un ángulo de la habitación completamente vacío, con una tubería de termosifón y nada más: tuvo la tentación de seguir fotografiando aquel punto y sólo aquél hasta el fin de sus días. El apartamento estaba abandonado, papeles y viejos periódicos arrugados cubrían el suelo, y él los fotografiaba. Las fotos de los diarios también eran fotografiadas, y entre su objetivo y el del lejano reportero gráfico se establecía un vínculo indirecto, para producir aquellas manchas negras la lente de otros objetivos había enfocado cargas de la policía, autos carbonizados, atletas corriendo, ministros, reos. Antonino sentía ahora un particular placer en retratar los objetos domésticos enmarcados en un mosaico de telefotos, violentas manchas de tinta en el papel blanco.
Desde su inmovilidad se sorprendió envidiando la vida del reportero gráfico que se mueve siguiendo los impulsos de las multitudes, la sangre vertida, las lágrimas, las fiestas, el delito, las convenciones de la moda, la falsedad de las ceremonias oficiales; el reportero gráfico que documenta los extremos de la sociedad, los más ricos y los más pobres, los momentos excepcionales que se producen en todo momento en todas partes. «¿Quiere decir que sólo el estado de excepción tiene un sentido?», se preguntaba Antonino. «¿Es el reportero gráfico el verdadero antagonista del fotógrafo dominical? ¿Se excluyen sus mundos? ¿O el uno da un sentido al otro?», y reflexionando empezó a hacer pedazos las fotos con Bice o sin Bice acumuladas en los meses de su pasión, a arrancar las ristras de pruebas colgadas de las paredes, a cortajear el celuloide de los negativos, a desarmar las diapositivas, y amontonaba los residuos de esa metódica destrucción sobre los diarios desparramados en el suelo. «Tal vez la verdadera fotografía total», pensó, «es un montón de fragmentos de imágenes privadas, sobre el fondo ajado de las matanzas y las coronaciones.»
Dobló los pedazos de periódico en un enorme bulto para arrojarlo a la basura, pero antes quiso fotografiarlo. Dispuso los pedazos de modo que se vieran bien dos mitades de fotos de diarios diferentes que en el envoltorio se juntaban por casualidad. Más aún, abrió un poco el paquete para que asomara un pedazo de cartón brillante de una ampliación rota. Encendió un reflector, quería que en su foto pudieran reconocerse las imágenes medio arrugadas y rotas y al mismo tiempo se sintiera su irrealidad de casuales sombras de tinta, y al mismo tiempo también su concreción de objetos cargados de significado, la fuerza con que se aferraban a la atención que trataba de expulsarlos. Para hacer entrar todo eso en una fotografía era preciso adquirir una habilidad técnica extraordinaria, pero sólo entonces Antonino podría dejar de hacer fotos. Agotadas todas las posibilidades, en el momento en que el círculo se cerraba sobre sí mismo, Antonino comprendió que fotografiar fotografías era el único camino que le quedaba, más aún, el verdadero camino que oscuramente había buscado hasta entonces.
lunes, 2 de enero de 2012
Código de Faltas: Una ley inconstitucional en Córdoba
El Código Contravencional de Faltas de la Provincia de Córdoba
por María Florencia Tous
Básicamente me detienen porque soy pobre, bah, muy pobre en realidad. Siempre me falló la cara. Mi cara tiene los rasgos de un ladrón.
José Luis Bichi Luque, de Colectivo de Jóvenes por Nuestros Derechos
Los sectores que sufren el código inconstitucional de faltas son los sectores con los que más deuda social tenemos. Son jóvenes, de familias humildes que viven en barrios marginales. Es un mecanismo de estigmatización de la pobreza y una herramienta de represión social por parte de la policía.
Por aplicación del Código de Faltas de la Provincia de córdoba, una persona es arrestada cada diez minutos. Los principales motivos de estos arrestos son merodeo, consumo de alcohol en la vía pública, no portación del Documento Nacional de Identidad y prostitución molesta o escandalosa. Estas detenciones han aumentado en un 80% durante los últimos tres años. El 70 % de los arrestados son jóvenes de entre 15 y 17 años. Pueden quedar detenidos hasta 120 días por acumulación de faltas y la base de estas detenciones es la discriminación. Es decir, si un joven morocho, de tez trigueña, con gorra y escuchando la mona va caminando con su novia, quizás no sea detenido. Si ese mismo joven camina solo, probablemente sea detenido por la policía bajo la figura del art. 98: merodeo.
El Código de Faltas de la Provincia de Córdoba fue sancionado por la Legislatura Provincial, ley 8431, en el año 1994. Esta normativa contempla diferentes figuras denominadas contravencionales, las cuales no constituyen delitos en términos penales, pero sí prevén la detención o la multa como forma de castigo. Se caracterizan por ser contravenciones en las que la policía provincial actúa como juez de primera instancia, debiendo juzgar las detenciones que ella misma realiza. Esto viola ampliamente principios constitucionales: el de legalidad, de acceso a la justicia y de defensa en juicio. El principio de legalidad establece la necesidad de que la norma sea escrita, estricta y previa, para que no queden dudas sobre su contenido, establecer que conducta es delito y para exigir que la norma sea anterior al hecho que se describe como delictivo. Viola arbitrariamente este principio, por ejemplo, el art 45 del código de faltas sobre prostitución escandalosa al establecer que: serán sancionados con arresto de hasta 20 días, quienes ejerciendo la prostitución se ofrecieren o incitaren públicamente molestando a las personas o provocando escándalo. La decisión sobre qué es molestar a las personas o provocar escándalo recae sobre la policía. No hay norma que describa la conducta a penar de manera clara que habilite la defensa. Además, lo que se logra con este artículo es que las prostitutas queden detenidas hasta 120 días por acumulación de faltas y sean obligadas a trabajar en lugares cerrados dónde les quitan el 50% de sus ganancias. Haciendo así su aparición estelar el dinero.
El principio de defensa en juicio es una limitación al poder del estado. Implica la necesidad de que el acusado cuente con defensa técnica para poder defenderse de la acusación que el Estado le hace. Violan este principio los arts.19 y 23 que establecen disminución de pena por confesión y arresto.
Con respecto a la garantía de acceso a la justicia, es el derecho a acceder al órgano judicial, a deducir pretensiones, a producir prueba, a obtener un pronunciamiento justo y a recurrir ante instancias superiores. El art. 48 es vejatorio de este principio cuando ordena que se tengan por aceptadas las condenas si los interesados no las rechazaren dentro de las 48 horas.
Ahora bien, es importante saber qué sucede cuando te detienen. La policía nos acusa de estar cometiendo una falta y nos traslada a la comisaría. Allí estaremos alojados entre 1 y 3 días a la espera de la ¨planilla de antecedentes¨ Si no hay condena anterior, nos liberan. Estos días que estuvimos detenidos no fueron castigo por la falta, sino que fuimos detenidos preventivamente. Luego deberemos volver 10 o 15 días después para firmar el papel con la condena aplicada. Ahora la pregunta es, ¿qué juez dicta la condena? Respuesta insólita NINGUNO. La condena la dicta el comisario en la Capital y a veces el sub-comisario en el interior. Juro que no es broma. Esta condena quedará en nuestro registro por dos años.
¿Qué podemos hacer? Podemos apelar. Esto significa, rechazar la decisión del comisario y pedir que un juez la revise. Es decir, pedir que lo que debería haber ocurrido en primer lugar, ocurra. Para hacerlo debemos escribir APELO antes de la firma en el papel donde figura la condena. Esto es importante que lo sepamos.
Creo que ya a esta altura estamos en condiciones de declarar todos al unísono la inconstitucionalidad de este código por vulnerar derechos constitucionales como los principios ya enumerados y porque castiga alguna formas de ejercer la libertad personal y derechos como los de circular, trabajar, expresarse, entre otros.
Este código es además, discriminatorio, porque en pos de la seguridad realiza una selección estigmatizante. Esto hace que miles de jóvenes sientan sus derechos vulnerados por el solo hecho de tener una cara que coincida con el estereotipo que la policía considera como sospechoso.
Varios organismos de DDHH venimos por eso pugnando por la derogación o modificación de este Código.
domingo, 1 de enero de 2012
Gilles Deleuze: Sobre Spinoza
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| Caricatura de Baruch Spinoza - por Floris Slloleveld |
¿Por qué escribir sobre Spinoza? También a él hay que abordarlo por el medio y no por el primer principio (sustancia única para todos los atributos). El alma y el cuerpo, nadie tuvo jamás una idea tan original de la conjunción «y». Cada individuo, alma y cuerpo, posee una infinidad de partes que le pertenecen bajo una cierta relación más o menos impuesta. Cada individuo también está compuesto de individuos de orden inferior y entra en la composición de individuos de orden superior. Todos los individuos están en la Naturaleza como en un plano de consistencia del que forman la figura completa, variable en cada momento. Y se afectan unos a otros, puesto que la relación que constituye cada uno supone un grado de fuerza, un poder de ser afectado. En el universo todo son encuentros, buenos o malos, eso depende. Adán come la manzana, ¿el fruto prohibido? No, es un fenómeno del tipo indigestión, intoxicación, envenenamiento: esa manzana podrida descompone la relación de Adán. Adán tuvo un mal encuentro. De ahí la fuerza de la pregunta de Spinoza: ¿qué puede un cuerpo?, ¿de qué afectos es capaz? Los afectos son devenires: unas veces nos debilitan, en la medida en que disminuyen nuestra potencia de obrar y descomponen nuestras relaciones (tristeza), y otras nos hacen más fuertes, en la medida en que aumenta nuestra potencia y nos hacen entrar en un individuo más amplio o superior (alegría). Spinoza no cesa de asombrarse del cuerpo. No se asombra de tener un cuerpo, sino de lo que puede el cuerpo. Y es que los cuerpos no se definen por su género o por su especie, por sus órganos y sus funciones, sino por lo que pueden, por los afectos de que son capaces, tanto en pasión como en acción. Así pues, no habréis definido un animal en tanto que no hayáis elaborado la lista de sus afectos. En ese sentido, hay más diferencias entre un caballo de carreras y un caballo de labor que entre un caballo de labor y un buey. Un lejano sucesor de Spinoza dirá: mirad la garrapata, admirar esa bestia que se define por tres afectos, los únicos de los que es capaz en función de las relaciones de que está compuesta, un mundo tripolar, ¡eso es todo! Si la luz le afecta, se sube hasta la punta de una rama. Si el olor de un mamífero le afecta, se deja caer sobre él. Si los pelos le molestan, busca un lugar desprovisto de ellos para hundirse bajo la piel y chupar la sangre caliente. Ciega y sorda en ese inmenso bosque, la garrapata sólo tiene tres afectos, y el resto del tiempo puede dormir durante años mientras espera el encuentro. Y a pesar de todo, ¡qué fuerza! En último término, siempre se tienen los órganos y las funciones que corresponden a los afectos de los que se es capaz. Comenzad por los animales simples, que sólo tienen un número pequeño de afectos y que no están en nuestro mundo, ni en otro, sino con un mundo asociado que ellos han sabido cortar, recortar, volver a coser: la araña y su tela, el piojo y el cráneo, la garrapata y un trozo de piel de mamífero, ésos sí que son animales filosóficos y no el pájaro de Minerva. Y llamamos señal a lo que provoca un afecto, a lo que viene a efectuar un poder de ser afectado: la tela se mueve, el cráneo se pliega, un poco de piel se desnuda. Tan sólo unos cuantos signos como estrellas en una inmensa noche negra. Devenir‑araña, devenir-piojo, devenir‑garrapata, una vida desconocida, fuerte, obscura, obstinada.
Cuando Spinoza dice: lo asombroso es el cuerpo..., aún no sabemos lo que puede un cuerpo..., no quiere convertir el cuerpo en un modelo, y el alma en una simple dependencia del cuerpo. Su empresa es mucha más sutil. Quiere eliminar la pseudo‑superioridad del alma sobre el cuerpo. Hay el alma y el cuerpo, y los dos expresan una misma y única cosa: un atributo del cuerpo es también un sentido (exprimé) del alma (por ejemplo, la velocidad). Y por la misma razón que no sabéis lo que puede un cuerpo, que hay muchas cosas en el cuerpo que desconocéis, que rebasan vuestro conocimiento, también hay en el alma muchas cosas que rebasan vuestra conciencia. Así pues, la verdadera cuestión es ésta: ¿qué puede un cuerpo?, ¿de qué afectos sois capaces? Experimentad, pero no dejéis de tener en cuenta que para experimentar hace falta mucha prudencia. Vivimos en un mundo más bien desagradable, en el que no sólo las personas, sino también los poderes establecidos, tienen interés en comunicarnos afectos tristes. La tristeza, los afectos tristes son todos aquéllos que disminuyen nuestra potencia de obrar. Y los poderes establecidos necesitan de ellos para convertirnos en esclavos. El tirano, el cura, el ladrón de almas, necesitan persuadirnos de que la vida es dura y pesada. Los poderes tienen más necesidad de angustiarnos que de reprimirnos, o, como dice Virilio, de administrar y de organizar nuestros pequeños terrores íntimos. La vieja lamentación universal sobre la vida: vivir es no ser... Y de qué sirve decir «bailemos», si en realidad no estamos alegres. Y de qué sirve decir «morirse es una desgracia», si en realidad habría que haber vivido para tener verdaderamente algo que perder. Los enfermos, del alma tanto como del cuerpo, no nos dejarán, vampiros que son, mientras que no hayan conseguido contagiarnos su neurosis, su angustia, su querida castración, su resentimiento contra la vida, su inmundo contagio. Todo es cuestión de sangre. No es fácil ser un hombre libre: huir de la peste, organizar encuentros, aumentar la capacidad de actuación, afectarse de alegría, multiplicar los afectos que expresan o desarrollan un máximo de afirmación. Convertir el cuerpo en una fuerza que no se reduzca al organismo, convertir el pensamiento en una fuerza que no se reduzca a la conciencia. El célebre primer principio de Spinoza (una sola sustancia para todos los atributos) depende de este agenciamiento, y no a la inversa. Existe un agenciamiento Spinoza: alma y cuerpo, relaciones, encuentros, capacidad de ser afectado, afectos que realizan esa capacidad, tristeza y alegría que cualifican esos afectos. Con Spinoza la filosofía se convierte en el arte de un funcionamiento, de un agenciamiento. Spinoza, el hombre de los encuentros y del devenir, el filósofo a la garrapata, Spinoza el imperceptible, siempre en el medio, siempre huyendo aunque apenas se mueva. Huyendo de la comunidad judía, huyendo de los Poderes, huyendo de los enfermos y de los venenosos. Y aunque él mismo puede llegar a enfermar, e incluso morir, sabe perfectamente que la muerte no es ni el principio ni el final, sino que tan sólo consiste en pasar su vida a otro. Lo que Lawrence dice de Whitman, ¡hasta qué punto conviene a Spinoza, es la continuación de su vida!: el Alma y el Cuerpo, y el alma no está ni encima ni dentro, está «con», está en el camino, expuesta a todos los contactos, a todos los encuentros, en compañía de todos los que siguen el mismo camino, «sentir con ellos, captar al vuelo la vibración de su alma y de su carne». Justo lo contrario de una moral de salud. Enseñar al alma a vivir su vida, no a salvarla.
N del E: He elegido una caricatura para ilustrar este texto de Deleuze, para resaltar su carácter gozoso. Para seguir un poco en la misma veta, va aquí un enlace a un posteo con más caricaturas y otras ilustraciones no convencionales de Baruch Spinoza.
lunes, 30 de mayo de 2011
A favor de la descriminalización del aborto

por Eddie Abramovich
pronúnciense a favor aquí
y difundan esta encuesta entre sus amigos y amigas, para evitar que predominen los fundamentalistas hipócritas que condenan a la muerte y la enfermedad a las embarazadas pobres
La descriminalización del aborto es necesaria para:
1. Prevenir la muerte materna en abortos clandestinos, una verdadera pandemia.
2. Romper el negocio del aborto clandestino “premium” para usuarias de alto poder adquisitivo.
3. Terminar de una vez -aunque debería haber podido resolverse aún antes, con claros protocolos de intervención – con el criminal manoseo que tanto autoridades sanitarias como jueces hacen de los casos de aborto no punible, generando iatrogenia y desesperación en mujeres víctimas de violación, o discapacitadas o con embarazos inviables.
La descriminalización del aborto debe formar parte de un completo programa de salud reproductiva y educación sexual, que permita:
1. Una maternidad segura y responsable.
2. Una sexualidad no traumática.
3. Una drástica reducción de embarazos no deseados en general, y de embarazos adolescentes en particular.
4. Una difusión y facilitación universales de métodos de contraconcepción, gestionados con participación profesional y orientación permanente.
La descriminalización del aborto debe lograrse, también, rompiendo la trampa argumental según la cual quienes nos oponemos a la penalización estamos “a favor” del aborto. Un aborto siempre es traumático, una elección dolorosa y a pérdida. Los que están en contra de la despenalización son los únicos que están “a favor” del aborto: a favor del negocio clandestino del aborto ilegal.
Finalmente, como en todos los países en que el aborto es legal, la figura penal del aborto debe existir para los casos en que sea provocado por una acción violenta contra la embarazada, ya sea en ocasión de otro delito, o con el objeto mismo de interrumpir el embarazo contra la voluntad de la madre.
Salgamos del oscurantismo. Saquemos al Estado y los credos del interior del cuerpo de la mujer y de su soberanía personal.
http://abortolegalseguroygratuito.blogspot.com/
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