jueves, 8 de marzo de 2012

Martina Chapanay, montonera Huarpe de San Juan Argentina

según el dibujante Gustavo FERNÁNDEZ
UNA REVOLUCIONARIA CON POLLERAS: MARTINA CHAPANAY (LA MONTONERA DEL ZONDA) (1800 - 1874)


Norberto Galasso


Nace en Valle del Zonda, provincia de San Juan. Es hija de un caudillo huarpe de ese nombre y de una cautiva blanca. Desde corta edad, aprende a orientarse en los valles y montañas, así como luego a montar y domar caballos, manejar el arco y las boleadoras. Realiza todas estas tareas a la par de los hombres y así también, aprende a pelear, convirtiéndose en protagonista de historias de leyenda donde sobresale por su audacia y valentía.

A partir de 1822, se habría incorporado a la montonera enrolándose en el ejército de Facundo Quiroga y participando en las batallas que da el caudillo riojano. Después del asesinato del Tigre de los Llanos, ella vuelve a la comunidad durante cierto tiempo, pero la política del centralismo porteño, que esquilma a los habitantes de las provincias, la conduce de nuevo a la pelea, ahora sumándose a las fuerzas del caudillo sanjuanino Nazario Benavídez. Mantiene así su militancia federal, participando en la batalla de Angaco y en el Sitio a San Juan.

En 1859, Benavídez es asesinado por los liberales sanjuaninos, amigos de Sarmiento. Ella se repliega para luego acercarse a la montonera de Ángel Vicente Peñaloza, El Chacho, destacándose nuevamente por su brío y valentía. […] Por tercera vez, su jefe, esta vez El Chacho, muere asesinado, y en este caso degollado, por las llamadas fuerzas de “la civilización”.

Martina regresa a Valle Fértil, la zona de sus antepasados y ahí reside hasta su fallecimiento en 1874, en la localidad de Mogna, donde una cruz de madera indica el lugar en que fue sepultada.

Sus hazañas innumerables y heroicas han dejado un recuerdo imborrable en la memoria colectiva del pueblo cuyano. Su imagen de mujer valiente, entregada a defender a las familias más pobres y a reivindicar los derechos de esas provincias empobrecidas, perdura en el oeste del país, aunque los libros, las academias y los colegios no han referencia alguna a su existencia, tal el caso de la Gran Enciclopedia Argentina, de Santillán y la Enciclopedia Visual de Argentina, de la A a la Z, editada por Clarín. Excepcionalmente se la menciona y en esos casos, se la considera –al igual que a Felipe Varela- como “integrante de bandas de forajidos y salteadores”, precio que paga por su militancia en el federalismo provinciano, ignorado o vituperado por la casi totalidad de los historiadores.

Norberto Galasso, Los Malditos, Vol. II: 84. Buenos Aires: Ediciones Madres de Plaza de Mayo

miércoles, 7 de marzo de 2012

Ítalo Calvino: La aventura de un fotógrafo (1953)

Con la primavera, cientos de miles de ciudadanos salen el domingo con el estuche en bandolera. Y se fotografían. Vuelven contentos como cazadores con el morral repleto, pasan los días esperando con dulce ansiedad las fotos reveladas (ansiedad a la que algunos añaden el sutil placer de las manipulaciones alquímicas en la cámara oscura, vedada a las intrusiones de los familiares y acre de ácidos al olfato), y sólo cuando tienen las fotos delante de los ojos parecen tomar posesión tangible del día transcurrido, sólo entonces el torrente alpino, el gesto del nene con el cubo, el reflejo del sol en la pierna de la esposa adquieren la irrevocabilidad de lo que ha sido y ya no puede ser puesto en duda. Lo demás puede ahogarse decididamente en la sombra insegura del recuerdo.

En la frecuentación de los amigos y colegas, Antonino Paraggi, no-fotógrafo, advertía un creciente aislamiento. Cada semana descubría que en las conversaciones de los que magnifican la sensibilidad de un diafragma o discurren sobre el número de dinas se unía la voz de alguien a quien hasta ayer había confiado, seguro de compartirlos, sus sarcasmos hacia una actividad para él tan poco excitante y tan pobre en imprevistos.

Como profesión, Antonino Paraggi desempeñaba funciones ejecutivas en los servicios de distribución de una empresa productiva, pero su verdadera pasión era comentar con los amigos los acontecimientos pequeños y grandes, desentrañando de los embrollos particulares el hilo de las razones generales; era, en suma, por actitud mental, un filósofo y ponía todo su amor propio en conseguir explicarse incluso los hechos más alejados de su experiencia. Ahora bien, sentía que algo en la esencia del hombre fotográfico se le escapaba, el secreto llamamiento en respuesta al cual nuevos adeptos seguían enrolándose bajo la bandera de los aficionados al objetivo, elogiando algunos los progresos de sus habilidades técnicas y artísticas, otros por el contrario atribuyendo todo el mérito a la calidad del aparato que habían comprado capaz (según ellos) de producir obras maestras aunque fuera confiado a manos ineptas (como calificaban las propias, porque cuando el orgullo se ponía en exaltar las virtudes de los artefactos mecánicos, el talento subjetivo estaba dispuesto a humillarse en la misma proporción). Antonino Paraggi entendía que lo decisivo no era ni un motivo de satisfacción ni el otro: el secreto residía en otra cosa.

Es preciso decir que este buscar en la fotografía las razones de su descontento —como el de quien se siente excluido de algo— era en parte también una artimaña de Antonino consigo mismo para no tener que tomar en cuenta otro proceso más evidente que iba separándolo de los amigos. Lo que estaba ocurriendo era que sus coetáneos iban casándose uno tras otro, fundaban una familia, mientras Antonino seguía soltero. Pero entre los dos fenómenos existía un lazo innegable, ya que a menudo la pasión del objetivo nace de manera natural y casi fisiológica como efecto secundario de la paternidad. Uno de los primeros instintos de los progenitores, después de haber traído un hijo al mundo, es el de fotografiarlo; y dada la rapidez del crecimiento, resulta necesario fotografiarlo a menudo, porque nada es más lábil e irrecordable que un niño de seis meses, borrado en seguida y sustituido por el de ocho meses y después por el de un año; y toda la perfección que a los ojos de los progenitores puede haber alcanzado un hijo de tres años no basta para impedir que se insinúe, para destruirla, la nueva perfección de los cuatro, quedando sólo el álbum fotográfico como lugar donde todas esas fugaces perfecciones pueden salvarse y yuxtaponerse, aspirando cada una a un absoluto propio, incomparable.

En el frenesí de los progenitores recientes por encuadrar la prole en el visor para reducirla a la inmovilidad del blanco y negro o de la diapositiva en color, Antonino, no-fotógrafo y no-procreador, veía sobre todo una fase de la carrera hacia la locura que se incubaba en aquel negro instrumento. Pero sus reflexiones sobre el nexo iconoteca-familia-locura eran expeditivas y reticentes: de lo contrario hubiera comprendido que en realidad el que corría el mayor peligro era él, el soltero. En el círculo de amigos de Antonino era habitual pasar juntos los fines de semana en las afueras, siguiendo una costumbre que para muchos de ellos venía de los años estudiantiles y que se había extendido a las novias y después a las esposas y a la prole, además de las niñeras y gobernantas, y en algunos casos a los nuevos parientes y conocidos de ambos sexos.

Pero como la continuidad de las frecuentaciones y de los hábitos nunca había disminuido, Antonino podía hacer como si nada hubiese cambiado con el paso de los años y como si aquélla fuese todavía la banda de muchachos y de chicas de antes, y no un conglomerado de familias en el que él seguía siendo el único soltero sobreviviente. Era cada vez más frecuente que en esas excursiones al mar o a la montaña, en el momento de la foto de grupo familiar o interfamiliar, se pidiera la intervención de un operador extraño, a veces un transeúnte, que se prestara a apretar el disparador del aparato ya enfocado y apuntando en la dirección deseada. En esos casos Antonino no podía negar sus servicios: tomaba la máquina de las manos de un progenitor o de una progenitura que corría a ubicarse en segunda fila, estirando el cuello entre dos cabezas o acuclillándose entre los más pequeños; y concentrando todas sus fuerzas en el dedo destinado a tal uso, apretaba el disparador.

Las primeras veces una involuntaria rigidez de los brazos desviaba la mira y captaba arboladuras de embarcaciones o agujas de campanarios, o decapitaba a tíos y abuelos. Fue acusado de hacerlo a propósito, criticado por gastar ese tipo de broma pesada. No era cierto: su intención era prestar el dedo como dócil instrumento de la voluntad colectiva, pero al mismo tiempo servirse de la momentánea posición de privilegio para exhortar a fotógrafos y fotografiados sobre el significado de sus actos. Apenas la yema del dedo alcanzó la deseada separación de su persona e individualidad, fue libre de comunicar sus teorías con razonados argumentos, encuadrando entretanto logradas escenas de conjunto. (Algunos éxitos casuales habían bastado para darle desenvoltura y confianza con los visores y los fotómetros.) —Porque una vez que has empezado —predicaba—, no hay razón alguna para detenerse.

El paso entre la realidad que ha de ser fotografiada porque nos parece bella y la realidad que nos parece bella porque ha sido fotografiada, es brevísimo. Si fotografías a Pierluca mientras levanta un castillo de arena, no hay razón para no fotografiarlo mientras llora porque el castillo se ha desmoronado, y después mientras la niñera lo consuela mostrándole una concha en medio de la arena. Basta empezar a decir de algo: «¡Ah, qué bonito, habría que fotografiarlo!» y ya estás en el terreno de quien piensa que todo lo que no se fotografía se pierde, es como si no hubiera existido, y por lo tanto para vivir verdaderamente hay que fotografiar todo lo que se pueda, y para fotografiarlo todo es preciso: o bien vivir de la manera más fotografiable posible, o bien considerar fotografiable cada momento de la propia vida. La primera vía lleva a la estupidez, la segunda a la locura.

—Más loco y estúpido serás tú —le decían los amigos—, y además un pesado. —Para quien quiere recuperar todo lo que pasa ante sus ojos —explicaba Antonino aunque nadie siguiera escuchándolo—, el único modo de actuar con coherencia es disparar por lo menos una foto por minuto, desde que abre los ojos por la mañana hasta el momento de irse a dormir. Sólo así los rollos de película impresionada constituirán un diario fiel de nuestros días, sin que nada quede excluido. Si yo me pusiera a hacer fotografías, seguiría este camino hasta el final, a costa de perder la razón. En cambio, vosotros todavía pretendéis hacer una elección. Pero, ¿cuál? Una elección en sentido idílico, apologético, de consolación, de paz con la naturaleza, la nación, los parientes. La vuestra no es sólo una elección fotográfica; es una elección de vida que os lleva a excluir los contrastes dramáticos, los nudos de las contradicciones, las grandes tensiones de la voluntad, de la pasión, de la aversión. Creéis salvaros así de la locura, pero caéis en la mediocridad, en la imbecilidad.

Una tal Bice, ex cuñada de alguien, y una tal Lydia, ex secretaria de algún otro, le pidieron por favor que les tomara una instantánea mientras jugaban a la pelota entre las olas. Asintió, pero como entretanto había elaborado una teoría contra las instantáneas, se apresuró a comunicarla a las dos amigas. — ¿Qué es lo que os lleva, chicas, a extraer de la móvil continuidad de vuestra jornada estas tajadas de tiempo, del espesor de un segundo? Mientras os lanzáis la pelota vivís en el presente, pero apenas la escansión de los fotogramas se insinúa entre vuestros gestos no es ya el placer del juego el que os mueve, sino el de veros en el futuro, de encontraros dentro de veinte años en un cartón amarillento (sentimentalmente amarillento, aunque los procedimientos modernos de fijación lo preserven inalterado). El gusto por la foto espontánea, natural, tomada de lo vivo mata la espontaneidad, aleja el presente. La realidad fotografiada asume en seguida un carácter nostálgico, de alegría desaparecida en alas del tiempo, un carácter conmemorativo, aunque sea una foto de anteayer. Y la vida que vivís para fotografiarla es ya desde el comienzo conmemoración de sí misma. Creer más verdadera la instantánea que el retrato con pose es un prejuicio…

Mientras hablaba, Antonino iba brincando en el mar alrededor de las dos amigas para enfocar los movimientos del juego y excluir del encuadre los reflejos deslumbradores del sol en el agua. En una lucha por la pelota, Bice, que se abalanzaba sobre la otra ya sumergida en el agua, fue fotografiada con el trasero en primer plano volando sobre las olas. Para no perder este escorzo, Antonino se echó de espaldas en el agua con la máquina en alto y estuvo a punto de ahogarse. —Han salido todas muy bien, y ésta es magnífica —comentaron ellas unos días después, arrancándose las pruebas de las manos. Le habían citado en la tienda del fotógrafo—. Eres un excelente fotógrafo, tienes que tomarnos otras.

Antonino había llegado a la conclusión de que había que volver a los personajes en pose, en actitudes representativas de su situación social y de su carácter, como en el siglo pasado. Su polémica anti fotográfica sólo podía desarrollarse desde el interior de la caja negra, contraponiendo un tipo de fotografía a otro. —Me gustaría tener una de esas viejas máquinas de fuelle —dijo a las amigas— apoyada en un trípode. ¿Os parece que se podrán encontrar? —Bueno, tal vez en algún mercado de ocasión… —Vamos a buscar. Las amigas encontraron divertida la caza del objeto curioso: juntas pasaron revista a los vendedores de baratijas, interpelaron a los viejos fotógrafos ambulantes, los siguieron a sus cuchitriles. En aquellos cementerios de materiales en desuso se juntaban columnitas, biombos, telones con desvaídos paisajes pintados; todo lo que evocaba un viejo estudio de fotógrafo Antonino lo compraba.

Al final consiguió echar mano a una cámara de cajón, con el disparador en forma de pera. Parecía funcionar perfectamente. Antonino la compró junto con un surtido de placas. Ayudado por las amigas, en una habitación de su casa instaló el estudio, todo con objetos anticuados, salvo dos reflectores modernos. Ahora estaba satisfecho. —Hay que partir de aquí —explicó a las amigas—. La forma en que nuestros abuelos se ponían en pose, la convención según la cual se disponían los grupos, revelaba un significado social, una costumbre, un gusto, una cultura. Una fotografía oficial o matrimonial o familiar o escolar daba la idea de cuánto tenía de serio e importante cada papel o institución, pero también cuánto tenía de falso y de forzado, de autoritario, de jerárquico. Esta es la cuestión: hacer explícitas las relaciones con el mundo que cada uno de nosotros lleva consigo, y que hoy hay tendencia a esconder a volver inconscientes, creyendo que de este modo desaparecen, cuando en realidad…

—Pero, ¿a quién quieres hacer posar? —Venid mañana y empezaré a haceros fotos como digo yo. —Dime, ¿qué te propones? —dijo Lydia con súbita desconfianza. Sólo en ese momento, en el estudio instalado, veía que allí todo tenía un aire siniestro, amenazador—. ¡Estás soñando si crees que vendremos a hacerte de modelos! Bice se rió burlona, pero al día siguiente volvió a casa de Antonino, sola. Llevaba un vestido de lino blanco, con bordados de colores en los bordes de las mangas y de los bolsillos. Una raya le dividía el pelo recogido sobre las sienes. Se reía un poco como con disimulo, inclinando la cabeza hacia un lado. Mientras la hacía pasar, Antonino estudiaba en sus gestos, entre remilgados e irónicos, cuáles eran los rasgos que definían su verdadero carácter. La hizo sentar en una gran butaca y metió la cabeza bajo el paño negro que envolvía el aparato. Era una de esas cajas con la pared posterior de vidrio, donde la imagen se refleja ya casi como en una placa, espectral, un poco lechosa, separada de toda contingencia en el espacio y en el tiempo. Antonino tuvo la impresión de que veía a Bice por primera vez. Había una docilidad en la caída un poco pesada de los párpados, en el cuello tendido hacia adelante, que prometía algo escondido, así como su sonrisa parecía esconderse detrás del acto mismo de sonreír.

—Eso es, así, no, la cabeza más para allá, alza los ojos, no, bájalos. Antonino perseguía dentro de aquella caja algo de Bice que de pronto le parecía preciosísimo, absoluto. —Ahora te haces sombra, acércate más a la luz, no, antes estaba mejor. Había muchas fotografías posibles de Bice y muchas Bice imposibles de fotografiar, pero lo que él buscaba era la fotografía única que contuviera unas y otras. —No te cojo —su voz salía ahogada y quejumbrosa de debajo de la capa negra—, ya no, no lo consigo. Se liberó del paño y se incorporó. Se había equivocado en todo desde el principio. La expresión, el acento, el secreto que se creía a punto de captar en el rostro de ella era algo que lo arrastraba a las arenas movedizas de los estados de ánimo, de los humores, de la psicología: él también era uno de los que persiguen la vida que huye, un cazador de lo inasible, como los fotógrafos de instantáneas. Debía seguir el camino opuesto: apuntar a un retrato de superficie, manifiesto, unívoco, que no esquivara la apariencia convencional, estereotipada, de la máscara. La máscara, por ser ante todo un producto social, histórico, contiene más verdad que cualquier imagen que pretenda ser «verdadera»; lleva consigo una cantidad de significados que se revelarán poco a poco. ¿No era justamente con esta intención con la que Antonino había montado ese estudio destartalado?

Observó a Bice. Tenía que partir de los elementos exteriores de su aspecto. En la forma que tenía Bice de vestirse y de arreglarse —pensó— se reconocía la intención entre nostálgica e irónica, extendida en el gusto de aquellos tiempos, de remitirse a la moda de hacía treinta años. La fotografía hubiera debido acentuar esa intención: ¿cómo no lo había pensado? Antonino fue a buscar una raqueta de tenis; Bice estaría de pie, de tres cuartos, con la raqueta debajo del brazo y una expresión de postal sentimental. A Antonino, desde debajo de la manta negra, la imagen de Bice —en lo que tenía de esbelto y de adaptado a la pose, y en lo que tenía de inadaptado y casi incongruente y que la pose acentuaba— le pareció muy interesante. La hizo cambiar varias veces de posición, estudiando la geometría de las piernas y de los brazos en relación con la raqueta y con un elemento de fondo. (En la tarjeta ideal en que estaba pensando, debía figurar la red de la cancha de tenis, pero no podía pretenderse demasiado y Antonino se contentó con una mesa de ping pong.) 

Pero todavía no se sentía en terreno seguro: ¿no estaba acaso tratando de fotografiar recuerdos, más aún, vagos ecos de recuerdos que afloraban en la memoria? Su negativa a vivir el presente como recuerdo futuro, a la manera de los fotógrafos domingueros, ¿no lo llevaba a intentar una operación igualmente irreal, es decir, a dar un cuerpo al recuerdo para sustituir el presente que tenía delante de sus ojos? — ¡Muévete, qué haces ahí como un palo, alza la raqueta, demonios! ¡Haz como si jugaras al tenis! — dijo de pronto furioso. Había comprendido que sólo exasperando la pose se podía alcanzar una extrañeidad objetiva; sólo fingiendo un movimiento interrumpido por la mitad podía darse la impresión de lo detenido, de lo no viviente.

Bice se prestaba dócilmente a ejecutar sus órdenes aunque resultaran imprecisas y contradictorias, con una pasividad que era también como declararse fuera del juego, y sin embargo insinuando de alguna manera, en ese juego que no era suyo, los movimientos imprevisibles de un misterioso partido. Lo que Antonino esperaba ahora de Bice, al decirle que pusiera las piernas y los brazos de esta forma y de aquélla, no era tanto la simple ejecución de un programa como la respuesta de ella a la violencia que él le hacía con sus requerimientos, una imprevisible, agresiva respuesta a la violencia a que Antonino la sometía cada vez más. 

Era como en los sueños, pensó Antonino contemplando sepultada en la oscuridad a aquella tenista improbable que se filtraba en el rectángulo de vidrio: como en los sueños, cuando una presencia venida de las profundidades de la memoria se adelanta, se deja reconocer y de pronto se transforma en algo desesperado, en algo que aun antes de la transformación asusta porque no se sabe en qué irá a transformarse. ¿Quería fotografiar los sueños? Esa sospecha lo hizo enmudecer, escondido en su refugio de avestruz, la perilla del disparador en la mano, como un idiota; y mientras tanto Bice, entregada a sí misma, continuaba una especie de danza grotesca, inmovilizándose en exagerados gestos de tenista, revés, drive, levantando en alto la raqueta o bajándola hasta el suelo, como si la mirada que salía de aquel ojo de vidrio fuera la pelota que ella seguía rechazando.

—Basta, ¿qué comedia es ésa? No era eso lo que yo quería decir —y Antonino cubrió la máquina con el paño, empezó a pasearse por la habitación. La culpa de todo la tenía el vestido, con sus evocaciones de tenis y preguerra… Era preciso reconocer que con vestido de calle una foto como la que él quería no se podía hacer. Se necesitaba cierta solemnidad, cierta pompa, como las fotos oficiales de las reinas. Sólo en traje de noche Bice se convertiría en un tema fotográfico, con el escote que marca un límite neto entre el blanco de la piel y lo oscuro de la tela, subrayado por el centelleo de las joyas, un límite entre una esencia de mujer atemporal y casi impersonal en su desnudez y la otra abstracción, social ésta, del vestido, símbolo de un papel igualmente impersonal, como el drapeado de una estatua alegórica.

Se acercó a Bice, empezó a desabotonarle el cuello, el busto, a deslizarle el vestido por los hombros. Se le habían ocurrido ciertas fotografías decimonónicas de mujeres en las que del cartón blanco emerge el rostro, el cuello, la línea de los hombros descubiertos, y todo lo demás se desvanece en el blanco. Ese era el retrato fuera del espacio y del tiempo que ahora quería: no sabía bien cómo, pero estaba decidido a conseguirlo. Situó el reflector encima de Bice, acercó la máquina, se agitó bajo el paño para regular la apertura del objetivo.

Miró. Bice estaba desnuda. El vestido se había deslizado hasta los pies; debajo no llevaba nada; había dado un paso adelante; no, un paso atrás, que era como si avanzara toda entera en el cuadro; estaba erguida, alta delante de la máquina, tranquila, mirando hacia adelante, como si estuviera sola. Antonino sintió que la visión de ella le entraba por los ojos ocupaba todo el campo visual, lo sustraía al flujo de las imágenes casuales y fragmentarias, concentraba tiempo y espacio en forma finita. Y como si esta sorpresa de la visión y la impresión de la placa fueran dos reflejos ligados entre sí, apretó en seguida el disparador, volvió a cargar la máquina, disparó, puso otra placa, disparó, siguió cambiando placas y disparando, mientras farfullaba, ahogado por el paño: —Eso es, ahora sí, así está bien, eso es, otra vez, así sales bien, otra vez. No tenía más placas. Salió de debajo del paño. Estaba contento.

Delante de él, Bice, desnuda, esperaba. —Ahora puedes taparte —dijo, eufórico pero ya con prisa—, salgamos. Ella lo miró desconcertada. —Ahora sí que te he cogido —dijo Antonino. Bice se echó a llorar. Ese mismo día Antonino descubrió que se había enamorado de ella. Se pusieron a vivir juntos y él compró los más modernos aparatos, teleobjetivos, equipo perfeccionado, instaló un laboratorio. Tenía también dispositivos para poder fotografiarla de noche mientras dormía. Bice se despertaba con el flash, contrariada; Antonino seguía disparando instantáneas de Bice despegándose del sueño, Bice enfadada con él, Bice tratando inútilmente de volver a dormirse hundiendo la cara en la almohada, Bice reconciliándose, Bice que reconocía como actos de amor esas violencias fotográficas.

En el laboratorio de Antonino, empavesado de películas y pruebas, Bice se asomaba en todos los fotogramas como en la retícula de un panal se asoman miles de abejas que son siempre la misma abeja: Bice en todas las actitudes, escorzos, maneras, Bice en pose o fotografiada sin saberlo, una identidad fragmentada en un polvillo de imágenes. —Pero, ¿qué es esa obsesión con Bice? ¿No puedes fotografiar otra cosa? —era la pregunta que escuchaba continuamente de los amigos y también de ella. —No se trata simplemente de Bice — contestaba—. Es una cuestión de método. Cualquiera que sea la persona que decidas fotografiar, o la cosa, has de seguir fotografiándola siempre y sólo a ella, a todas horas del día y de la noche. La fotografía tiene un sentido únicamente si agota todas las imágenes posibles.

Pero no decía lo que le interesaba por encima de todo: atrapar a Bice por la calle cuando no sabía que él la veía, tenerla a tiro de objetivos ocultos, fotografiarla no sólo sin dejarse ver sino sin verla, sorprenderla tal como era en ausencia de su mirada, de cualquier mirada. No es que quisiera descubrir algo en particular; no era celoso en el sentido corriente de la palabra. La que quería poseer era una Bice invisible, una Bice absolutamente sola, una Bice cuya presencia entrañase la ausencia de él y de todos los demás. Se definiera o no como celos, era en suma una pasión difícil de soportar. Bice lo plantó.

Antonino se hundió en una crisis depresiva. Empezó a llevar un diario: fotográfico, desde luego. Con la máquina colgada del cuello, encerrado en la casa, hundido en una butaca, disparaba fotos compulsivamente mirando el vacío. Fotografiaba la ausencia de Bice. Recogía las fotos en un álbum: se veían ceniceros llenos de colillas, una cama deshecha, una mancha de humedad en la pared. Se le ocurrió la idea de componer un catálogo de todo lo que en el mundo es refractario a la fotografía, de todo lo que queda sistemáticamente fuera del campo visual, no sólo de las cámaras sino de los hombres. Se pasaba días con cada tema, agotando rollos enteros, con intervalos de horas, para poder seguir los cambios de la luz y de las sombras.

Un día se detuvo en un ángulo de la habitación completamente vacío, con una tubería de termosifón y nada más: tuvo la tentación de seguir fotografiando aquel punto y sólo aquél hasta el fin de sus días. El apartamento estaba abandonado, papeles y viejos periódicos arrugados cubrían el suelo, y él los fotografiaba. Las fotos de los diarios también eran fotografiadas, y entre su objetivo y el del lejano reportero gráfico se establecía un vínculo indirecto, para producir aquellas manchas negras la lente de otros objetivos había enfocado cargas de la policía, autos carbonizados, atletas corriendo, ministros, reos. Antonino sentía ahora un particular placer en retratar los objetos domésticos enmarcados en un mosaico de telefotos, violentas manchas de tinta en el papel blanco.

Desde su inmovilidad se sorprendió envidiando la vida del reportero gráfico que se mueve siguiendo los impulsos de las multitudes, la sangre vertida, las lágrimas, las fiestas, el delito, las convenciones de la moda, la falsedad de las ceremonias oficiales; el reportero gráfico que documenta los extremos de la sociedad, los más ricos y los más pobres, los momentos excepcionales que se producen en todo momento en todas partes. «¿Quiere decir que sólo el estado de excepción tiene un sentido?», se preguntaba Antonino. «¿Es el reportero gráfico el verdadero antagonista del fotógrafo dominical? ¿Se excluyen sus mundos? ¿O el uno da un sentido al otro?», y reflexionando empezó a hacer pedazos las fotos con Bice o sin Bice acumuladas en los meses de su pasión, a arrancar las ristras de pruebas colgadas de las paredes, a cortajear el celuloide de los negativos, a desarmar las diapositivas, y amontonaba los residuos de esa metódica destrucción sobre los diarios desparramados en el suelo. «Tal vez la verdadera fotografía total», pensó, «es un montón de fragmentos de imágenes privadas, sobre el fondo ajado de las matanzas y las coronaciones.»

Dobló los pedazos de periódico en un enorme bulto para arrojarlo a la basura, pero antes quiso fotografiarlo. Dispuso los pedazos de modo que se vieran bien dos mitades de fotos de diarios diferentes que en el envoltorio se juntaban por casualidad. Más aún, abrió un poco el paquete para que asomara un pedazo de cartón brillante de una ampliación rota. Encendió un reflector, quería que en su foto pudieran reconocerse las imágenes medio arrugadas y rotas y al mismo tiempo se sintiera su irrealidad de casuales sombras de tinta, y al mismo tiempo también su concreción de objetos cargados de significado, la fuerza con que se aferraban a la atención que trataba de expulsarlos. Para hacer entrar todo eso en una fotografía era preciso adquirir una habilidad técnica extraordinaria, pero sólo entonces Antonino podría dejar de hacer fotos. Agotadas todas las posibilidades, en el momento en que el círculo se cerraba sobre sí mismo, Antonino comprendió que fotografiar fotografías era el único camino que le quedaba, más aún, el verdadero camino que oscuramente había buscado hasta entonces.

lunes, 2 de enero de 2012

Código de Faltas: Una ley inconstitucional en Córdoba

El Código Contravencional de Faltas de la Provincia de Córdoba



por María Florencia Tous

Básicamente me detienen porque soy pobre, bah, muy pobre en realidad. Siempre me falló la cara. Mi cara tiene los rasgos de un ladrón.

José Luis Bichi Luque, de Colectivo de Jóvenes por Nuestros Derechos

Los sectores que sufren el código inconstitucional de faltas son los sectores con los que más deuda social tenemos. Son jóvenes, de familias humildes que viven en barrios marginales. Es un mecanismo de estigmatización de la pobreza y una herramienta de represión social por parte de la policía.

Por aplicación del Código de Faltas de la Provincia de córdoba, una persona es arrestada cada diez minutos. Los principales motivos de estos arrestos son merodeo, consumo de alcohol en la vía pública, no portación del Documento Nacional de Identidad y prostitución molesta o escandalosa. Estas detenciones han aumentado en un 80% durante los últimos tres años. El 70 % de los arrestados son jóvenes de entre 15 y 17 años. Pueden quedar detenidos hasta 120 días por acumulación de faltas y la base de estas detenciones es la discriminación. Es decir, si un joven morocho, de tez trigueña, con gorra y escuchando la mona va caminando con su novia, quizás no sea detenido. Si ese mismo joven camina solo, probablemente sea detenido por la policía bajo la figura del art. 98: merodeo.

El Código de Faltas de la Provincia de Córdoba fue sancionado por la Legislatura Provincial, ley 8431, en el año 1994. Esta normativa contempla diferentes figuras denominadas contravencionales, las cuales no constituyen delitos en términos penales, pero sí prevén la detención o la multa como forma de castigo. Se caracterizan por ser contravenciones en las que la policía provincial actúa como juez de primera instancia, debiendo juzgar las detenciones que ella misma realiza. Esto viola ampliamente principios constitucionales: el de legalidad, de acceso a la justicia y de defensa en juicio. El principio de legalidad establece la necesidad de que la norma sea escrita, estricta y previa, para que no queden dudas sobre su contenido, establecer que conducta es delito y para exigir que la norma sea anterior al hecho que se describe como delictivo. Viola arbitrariamente este principio, por ejemplo, el art 45 del código de faltas sobre prostitución escandalosa al establecer que: serán sancionados con arresto de hasta 20 días, quienes ejerciendo la prostitución se ofrecieren o incitaren públicamente molestando a las personas o provocando escándalo. La decisión sobre qué es molestar a las personas o provocar escándalo recae sobre la policía. No hay norma que describa la conducta a penar de manera clara que habilite la defensa. Además, lo que se logra con este artículo es que las prostitutas queden detenidas hasta 120 días por acumulación de faltas y sean obligadas a trabajar en lugares cerrados dónde les quitan el 50% de sus ganancias. Haciendo así su aparición estelar el dinero.

El principio de defensa en juicio es una limitación al poder del estado. Implica la necesidad de que el acusado cuente con defensa técnica para poder defenderse de la acusación que el Estado le hace. Violan este principio los arts.19 y 23 que establecen disminución de pena por confesión y arresto.

Con respecto a la garantía de acceso a la justicia, es el derecho a acceder al órgano judicial, a deducir pretensiones, a producir prueba, a obtener un pronunciamiento justo y a recurrir ante instancias superiores. El art. 48 es vejatorio de este principio cuando ordena que se tengan por aceptadas las condenas si los interesados no las rechazaren dentro de las 48 horas.

Ahora bien, es importante saber qué sucede cuando te detienen. La policía nos acusa de estar cometiendo una falta y nos traslada a la comisaría. Allí estaremos alojados entre 1 y 3 días a la espera de la ¨planilla de antecedentes¨ Si no hay condena anterior, nos liberan. Estos días que estuvimos detenidos no fueron castigo por la falta, sino que fuimos detenidos preventivamente. Luego deberemos volver 10 o 15 días después para firmar el papel con la condena aplicada. Ahora la pregunta es, ¿qué juez dicta la condena? Respuesta insólita NINGUNO. La condena la dicta el comisario en la Capital y a veces el sub-comisario en el interior. Juro que no es broma. Esta condena quedará en nuestro registro por dos años.

¿Qué podemos hacer? Podemos apelar. Esto significa, rechazar la decisión del comisario y pedir que un juez la revise. Es decir, pedir que lo que debería haber ocurrido en primer lugar, ocurra. Para hacerlo debemos escribir APELO antes de la firma en el papel donde figura la condena. Esto es importante que lo sepamos.
Creo que ya a esta altura estamos en condiciones de declarar todos al unísono la inconstitucionalidad de este código por vulnerar derechos constitucionales como los principios ya enumerados y porque castiga alguna formas de ejercer la libertad personal y derechos como los de circular, trabajar, expresarse, entre otros.

Este código es además, discriminatorio, porque en pos de la seguridad realiza una selección estigmatizante. Esto hace que miles de jóvenes sientan sus derechos vulnerados por el solo hecho de tener una cara que coincida con el estereotipo que la policía considera como sospechoso.

Varios organismos de DDHH venimos por eso pugnando por la derogación o modificación de este Código.

domingo, 1 de enero de 2012

Gilles Deleuze: Sobre Spinoza


Caricatura de Baruch Spinoza - por Floris Slloleveld
En: Gilles Deleuze y Claire Parnet. Diálogos (1977)

¿Por qué escribir sobre Spinoza? También a él hay que abordarlo por el medio y no por el primer principio (sustancia única para todos los atributos). El alma y el cuerpo, nadie tuvo jamás una idea tan original de la conjunción «y». Cada individuo, alma y cuerpo, posee una infinidad de partes que le pertenecen bajo una cierta relación más o menos impuesta. Cada individuo también está compuesto de individuos de orden inferior y entra en la composición de individuos de orden superior. Todos los individuos están en la Naturaleza como en un plano de consistencia del que forman la figura completa, variable en cada momento. Y se afectan unos a otros, puesto que la relación que constituye cada uno supone un grado de fuerza, un poder de ser afectado. En el universo todo son encuentros, buenos o malos, eso depende. Adán come la manzana, ¿el fruto prohibido? No, es un fenómeno del tipo indigestión, intoxicación, envenenamiento: esa manzana podrida descompone la relación de Adán. Adán tuvo un mal encuentro. De ahí la fuerza de la pregunta de Spinoza: ¿qué puede un cuerpo?, ¿de qué afectos es capaz? Los afectos son devenires: unas veces nos debilitan, en la medida en que disminuyen nuestra potencia de obrar y descomponen nuestras relaciones (tristeza), y otras nos hacen más fuertes, en la medida en que aumenta nuestra potencia y nos hacen entrar en un individuo más amplio o superior (alegría). Spinoza no cesa de asombrarse del cuerpo. No se asombra de tener un cuerpo, sino de lo que puede el cuerpo. Y es que los cuerpos no se definen por su género o por su especie, por sus órganos y sus funciones, sino por lo que pueden, por los afectos de que son capaces, tanto en pasión como en acción. Así pues, no habréis definido un animal en tanto que no hayáis elaborado la lista de sus afectos. En ese sentido, hay más diferencias entre un caballo de carreras y un caballo de labor que entre un caballo de labor y un buey. Un lejano sucesor de Spinoza dirá: mirad la garrapata, admirar esa bestia que se define por tres afectos, los únicos de los que es capaz en función de las relaciones de que está compuesta, un mundo tripolar, ¡eso es todo! Si la luz le afecta, se sube hasta la punta de una rama. Si el olor de un mamífero le afecta, se deja caer sobre él. Si los pelos le molestan, busca un lugar desprovisto de ellos para hundirse bajo la piel y chupar la sangre caliente. Ciega y sorda en ese inmenso bosque, la garrapata sólo tiene tres afectos, y el resto del tiempo puede dormir durante años mientras espera el encuentro. Y a pesar de todo, ¡qué fuerza! En último término, siempre se tienen los órganos y las funciones que corresponden a los afectos de los que se es capaz. Comenzad por los animales simples, que sólo tienen un número pequeño de afectos y que no están en nuestro mundo, ni en otro, sino con un mundo asociado que ellos han sabido cortar, recortar, volver a coser: la araña y su tela, el piojo y el cráneo, la garrapata y un trozo de piel de mamífero, ésos sí que son animales filosóficos y no el pájaro de Minerva. Y llamamos señal a lo que provoca un afecto, a lo que viene a efectuar un poder de ser afectado: la tela se mueve, el cráneo se pliega, un poco de piel se desnuda. Tan sólo unos cuantos signos como estrellas en una inmensa noche negra. Devenir‑araña, devenir-piojo, devenir‑garrapata, una vida desconocida, fuerte, obscura, obstinada.

Cuando Spinoza dice: lo asombroso es el cuerpo..., aún no sabemos lo que puede un cuerpo..., no quiere convertir el cuerpo en un modelo, y el alma en una simple dependencia del cuerpo. Su empresa es mucha más sutil. Quiere eliminar la pseudo‑superioridad del alma sobre el cuerpo. Hay el alma y el cuerpo, y los dos expresan una misma y única cosa: un atributo del cuerpo es también un sentido (exprimé) del alma (por ejemplo, la velocidad). Y por la misma razón que no sabéis lo que puede un cuerpo, que hay muchas cosas en el cuerpo que desconocéis, que rebasan vuestro conocimiento, también hay en el alma muchas cosas que rebasan vuestra conciencia. Así pues, la verdadera cuestión es ésta: ¿qué puede un cuerpo?, ¿de qué afectos sois capaces? Experimentad, pero no dejéis de tener en cuenta que para experimentar hace falta mucha prudencia. Vivimos en un mundo más bien desagradable, en el que no sólo las personas, sino también los poderes establecidos, tienen interés en comunicarnos afectos tristes. La tristeza, los afectos tristes son todos aquéllos que disminuyen nuestra potencia de obrar. Y los poderes establecidos necesitan de ellos para convertirnos en esclavos. El tirano, el cura, el ladrón de almas, necesitan persuadirnos de que la vida es dura y pesada. Los poderes tienen más necesidad de angustiarnos que de reprimirnos, o, como dice Virilio, de administrar y de organizar nuestros pequeños terrores íntimos. La vieja lamentación universal sobre la vida: vivir es no ser... Y de qué sirve decir «bailemos», si en realidad no estamos alegres. Y de qué sirve decir «morirse es una desgracia», si en realidad habría que haber vivido para tener verdaderamente algo que perder. Los enfermos, del alma tanto como del cuerpo, no nos dejarán, vampiros que son, mientras que no hayan conseguido contagiarnos su neurosis, su angustia, su querida castración, su resentimiento contra la vida, su inmundo contagio. Todo es cuestión de sangre. No es fácil ser un hombre libre: huir de la peste, organizar encuentros, aumentar la capacidad de actuación, afectarse de alegría, multiplicar los afectos que expresan o desarrollan un máximo de afirmación. Convertir el cuerpo en una fuerza que no se reduzca al organismo, convertir el pensamiento en una fuerza que no se reduzca a la conciencia. El célebre primer principio de Spinoza (una sola sustancia para todos los atributos) depende de este agenciamiento, y no a la inversa. Existe un agenciamiento Spinoza: alma y cuerpo, relaciones, encuentros, capacidad de ser afectado, afectos que realizan esa capacidad, tristeza y alegría que cualifican esos afectos. Con Spinoza la filosofía se convierte en el arte de un funcionamiento, de un agenciamiento. Spinoza, el hombre de los encuentros y del devenir, el filósofo a la garrapata, Spinoza el imperceptible, siempre en el medio, siempre huyendo aunque apenas se mueva. Huyendo de la comunidad judía, huyendo de los Poderes, huyendo de los enfermos y de los venenosos. Y aunque él mismo puede llegar a enfermar, e incluso morir, sabe perfectamente que la muerte no es ni el principio ni el final, sino que tan sólo consiste en pasar su vida a otro. Lo que Lawrence dice de Whitman, ¡hasta qué punto conviene a Spinoza, es la continuación de su vida!: el Alma y el Cuerpo, y el alma no está ni encima ni dentro, está «con», está en el camino, expuesta a todos los contactos, a todos los encuentros, en compañía de todos los que siguen el mismo camino, «sentir con ellos, captar al vuelo la vibración de su alma y de su carne». Justo lo contrario de una moral de salud. Enseñar al alma a vivir su vida, no a salvarla.

N del E: He elegido una caricatura para ilustrar este texto de Deleuze, para resaltar su carácter gozoso. Para seguir un poco en la misma veta, va aquí un enlace a un posteo con más caricaturas y otras ilustraciones no convencionales de Baruch Spinoza.

lunes, 30 de mayo de 2011

A favor de la descriminalización del aborto


por Eddie Abramovich

pronúnciense a favor aquí

y difundan esta encuesta entre sus amigos y amigas, para evitar que predominen los fundamentalistas hipócritas  que condenan a la muerte y la enfermedad a las embarazadas pobres


La descriminalización del aborto es necesaria para:
1. Prevenir la muerte materna en abortos clandestinos, una verdadera pandemia.
2. Romper el negocio del aborto clandestino “premium” para usuarias de alto poder adquisitivo.
3. Terminar de una vez -aunque debería haber podido resolverse aún antes, con claros protocolos de intervención – con el criminal manoseo que tanto autoridades sanitarias como jueces hacen de los casos de aborto no punible, generando iatrogenia y desesperación en mujeres víctimas de violación, o discapacitadas o con embarazos inviables.


La descriminalización del aborto debe formar parte de un completo programa de salud reproductiva y educación sexual, que permita:
1. Una maternidad segura y responsable.
2. Una sexualidad no traumática.
3. Una drástica reducción de embarazos no deseados en general, y de embarazos adolescentes en particular.
4. Una difusión y facilitación universales de métodos de contraconcepción, gestionados con participación profesional y orientación permanente.

La descriminalización del aborto debe lograrse, también, rompiendo la trampa argumental según la cual quienes nos oponemos a la penalización estamos “a favor” del aborto. Un aborto siempre es traumático, una elección dolorosa y a pérdida. Los que están en contra de la despenalización son los únicos que están “a favor” del aborto: a favor del negocio clandestino del aborto ilegal.

Finalmente, como en todos los países en que el aborto es legal, la figura penal del aborto debe existir para los casos en que sea provocado por una acción violenta contra la embarazada, ya sea en ocasión de otro delito, o con el objeto mismo de interrumpir el embarazo contra la voluntad de la madre.

Salgamos del oscurantismo. Saquemos al Estado y los credos del interior del cuerpo de la mujer y de su soberanía personal.

http://abortolegalseguroygratuito.blogspot.com/

lunes, 29 de noviembre de 2010

Jorge Pinchevsky en Paris


por Herico Campos Cervera

LECCIONES DE MÚSICA

Era lindo ver a Pin tocando su violín. Su rostro se transformaba y su mano izquierda, pequeña y fuerte, se deslizaba sobre el diapasón atravesando cromatismos infinitos y trémolos fulminantes. Tenía gran dominio del arco, y además de improvisar con notas y melodías, le sabía arrancar sonidos insólitos a su instrumento. Lo que yo nunca entendía cuando lo escuchaba en ese cuartito mugriento y lleno de agujeros por donde se filtraba el frío de aquel invierno, era por qué estaba tocando ahí y no en alguna sala abarrotada de público.

Tal vez sólo ahora, con la perspectiva de los años, pueda yo entender que a Pin poco le importaba mostrarse; la música parecía ser solo dominio para su propio goce, así, sin más; incluso tal vez más allá de quién lo estaba escuchando. Cuando recuerdo el lujo que fue para mí compartir con él en aquel cuartito pobre de la rue du Bac, con su pequeña chimenea alimentada con cajones de manzana, me vuelve a la memoria con su sonrisa de niño travieso, la misma que cargaba hasta en sus momentos más dramáticos, diciéndome: -“Loco, para mí improvisar es como meterme en un cuartito tibio, en penumbras, y lejos de todo, sin nadie que me rompa las pelotas; cerrar la puerta y entregarme al placer”-. Y es ahí donde lo encontraba cualquiera que tuviera el privilegio de compartir con él alguno de esos momentos.

En aquel invierno del 1977, París se me había presentado como un caldero en ebullición donde todos nos debatíamos en diferentes niveles de cocción. Estaban los que viviendo ahí desde mucho tiempo habían obtenido algún nivel de seguridad en sus diferentes artes; los que sobrevivían en oficios diversos saltando de situación en situación, y los que como yo, éramos aún más precarios; eternos precarios, con pocas posibilidades de redención. Pin estaba en esa misma categoría; era un precario endémico. A pesar de su inmenso talento y una capacidad que le habría permitido un puesto seguro en alguna buena orquesta, su bohemia incontinente y su gusto por los placeres que le regalaba la calle no le permitían estar en otra categoría. Debo decir que era fácil en aquella ciudad relacionarse con los de uno. Hacer música en la calle, en el Metro o en ciertos bares de la rue Mouffetard ponía a todos en contacto con sus pares; y así fue que me reencontré aquella vez con Pin, después de haberlo visto en las Baleares unos años antes.

Teníamos varios amigos en común, entre ellos a Chipy Lagos, una amiga argentina a la que le gustaba cantar tangos. Después de tantos años viviendo en Paris, Chipy se había transformado en una suerte de institución benéfica para muchos argentinos que intentaban sobrevivir en aquella dura ciudad. Pin la apreciaba y para hacerle un homenaje, y de paso ganarse unos francos con algún concierto, le ofreció armar un grupo para acompañarla. Junto al Colorado Alejandro Lafleur y a Rubén Alterio, un pintor argentino que también tocaba el saxo y el clarinete, ambos buenos amigos míos, nos unimos al proyecto. Rubén trajo consigo una serie de colegas suyos saxofonistas con los que en aquel momento tocaban juntos en la conocida Urban Sax Band; todos ellos felices de participar en el proyecto de alguien que se había ya ganado algún prestigio en ciertos ambientes musicales parisinos. Pin se había esmerado en preparar unos arreglos particulares para aquella extraña orquesta, plagada de saxofones. Lastimosamente aquel propósito acabó en pocos ensayos debido a la envergadura del mismo y las pocas posibilidades de producción con que se contaba en aquel momento. Ensayábamos en un amplio sótano de la rue du Bac, y lo que me quedó de toda aquella aventura musical fue la imagen de Pin flotando en el aire, como en un cuadro de Chagall, con el pelo revuelto, bajando a los ensayos con un foulard de seda blanco alrededor del cuello, su violín en la mano y unas partituras bajo el brazo. Luego, ya en acción, como un espadachín dirigiendo con el arco de su violín aquella banda, lo digo ahora, a la distancia, tal vez algo demencial; pero todos concentrados acompañando a nuestra cantante, aunque cada vez que los músicos atacábamos con algún “en plein” terminaban Chipy y su voz sepultados en el fragor de aquella orquesta con su acumulado de aerófonos.

En aquel tiempo yo tocaba la guitarra prácticamente de “oído”, y había descubierto en la música un arte que además de permitirme expresar con felicidad, me daba de comer. Con el tiempo se me había hecho la necesidad de saber más; intuía un mundo de maravillas escondidas en el universo de la teoría. Por tal razón había decidido salir de una isla en Baleares donde vivía en el campo y pasar aquel invierno en París tratando de aprender música. Precisaba como el aire saber descifrar una partitura, leer un pentagrama, aprehender algunos elementos teóricos para defenderme en aquel oficio que me hacía feliz. Con cierta vanidad creo que hoy puedo decir que Pin fue mi primer maestro de música.

Ante el insistente requerimiento de varios amigos músicos, un día Pin se decidió a armar un taller o grupo de estudio. La idea era juntarnos seriamente un día a la semana y tomar lecciones de música con nuestro amigo. Las clases se desarrollarían en su casa, donde de paso yo me le había pegado aquel invierno ya que, como siempre, no tenía donde dormir. Tal vez sea generoso denominar el lugar donde vivía Pin como una “casa”, cuando en realidad era un cuartito con un baño mínimo, una cocina sin puerta, también muy pequeña, y una ventana eternamente empañada por el frío condensado en sus cristales. Era todo muy precario y sin calefacción, pero con una pequeña chimenea, única posibilidad que existía para calentar el ambiente; una pocilga, como se puede llamar a un lugar con esas cualidades, aunque en la situación en que yo me encontraba se me hacía un palacio. Por las noches solíamos hacer largas expediciones con Pin por el vecindario a recoger cajones vacíos frente a las fruterías, para quemar en la chimenea. A veces también peregrinábamos por otros sitios sórdidos y peligrosos de la ciudad para comprar un poco de caballo, sin el cual en aquel tiempo Pin no podía vivir.

Pinchevsky era un artista irreverente y reventado; reventado por la vida y por las drogas, un ser que se debatía constantemente en la búsqueda de una salida a sus inquietudes existenciales y artísticas. Vivía cuestionándose a cada paso que daba; no era muy culto pero sí muy inteligente, y dramáticamente sensible, algo que lo había convertido en víctima de sus propios desasosiegos. Ese invierno yo lo seguí en sus movimientos y llegué a captar en él momentos de gran euforia y otros en los que se sumía en profundas depresiones; muchos de esos lapsos mediados por la falta o el exceso de heroína. Aquellos meses de convivencia, con sus clases de música, fueron lo que mejor me permitió conocerlo y disfrutarlo, en su mejor dimensión humana y artística.

Se había establecido comenzar los talleres en un determinado día de la semana y el horario era alrededor de las nueve de la mañana. Éramos un grupo muy heterogéneo y todos nos sentíamos muy orgullosos de poder concurrir a aquellas clases magistrales. Pin era para nosotros un grande. Debía ser gracioso vernos a todos reunidos a su alrededor, cual discípulos de un maestro que parecía algo chiflado.

Como yo dormía en la casa siempre estaba presente antes de la llegada de los demás alumnos; incluso por la mañana temprano asistía a Pin calentando el agua para preparar su primera dosis, sin la cuál no podía evidentemente funcionar. Le ayudaba con gusto porque entendía de lo que se trataba; también había yo pasado alguna vez por ese trance, aunque nunca a esos niveles. La heroína es una droga dura; dura y maldita; cuando empiezas tocas el cielo, pero cuando terminas rayas en el infierno. Y Pin tocaba el infierno por las mañanas. Se despertaba temprano tiritando de frío por la abstinencia, y se dirigía temblando a la cocina, se ligaba fuertemente el brazo con una goma para evidenciar la vena y el punto donde inyectarse, y se aplicaba su dosis como un autómata. Era grotesco verlo entrar a la cocina, prácticamente arrastrándose, pero reconfortaba verlo salir sonriente y lleno de vida para empezar el día. Esa fue una parte de la cotidianidad que compartí con él en aquel período. Nos hacíamos luego un té y esperábamos al resto de los alumnos para empezar el taller.

La gente llegaba y cada uno buscaba un rincón donde acomodarse; todos sentados en el piso, y con frío. No había sillas en aquella casa y la madera para la chimenea se había generalmente acabado durante la noche anterior. Cada uno con su cuaderno y su lápiz. Pin sobre un pequeño e improvisado pizarrón empezaba a explicarnos con infinita paciencia los intervalos, la formación de los acordes, los primeros secretos de la armonía y el contrapunto. Tomábamos nota y hacíamos los ejercicios que nos iba poniendo el maestro. Pin daba el tiempo que cada uno necesitaba para entender cada cosa, y casi con cariño se ponía al lado del que tenía dificultad para volver a explicarle cada pequeña duda. Transcurría sin contratiempos la clase, aunque con el avance de la mañana se empezaba a poner molesto e irascible. Iniciaba a sudar, a enervarse y a perder poco a poco la paciencia. Se ofendía con el que no entendía algo y regañaba al que no le hacía bien los ejercicios; hasta ponerse tan irascible que todos nos dábamos cuenta que el efecto del caballo se le estaba pasando y la abstinencia lo empezaba a torturar.

Llegado ese punto ponía a hervir agua y todos entendíamos perfectamente que era para preparar otra dosis y ensillar su caballo. Nosotros nos dábamos cuenta de todo pero obviamente ninguno tenía el derecho, ni era capaz de decir nada. Pin desaparecía en la cocina y desde adentro murmuraba correcciones y daba indicaciones sobre el ejercicio que nos había dejado. Era tal el grado de confianza al que habíamos llegado que a veces se olvidaba de lo que estaba haciendo y se asomaba para corregir con la camisa remangada, el brazo alzado y rodeado de aquella goma y un cabo de la misma cogido con los dientes para ajustarla. Cuando terminaba de inyectarse salía de la cocina y entraba sonriente, con los ojos brillantes; y así continuaba su clase con ímpetu y recargado de la paciencia que había perdido. Era dramático y conmovedor en esas ocasiones ver a Pin, pequeño como un niño, con su pelo ensortijado y sus ojos claros como nublados, tratando de sobrellevar el drama que lo consumía. Pero aquellos eran tiempos en que esas cosas eran normales, y la vida debía continuar.

En cuanto a las clases de música debo decir que teniendo Pin una formación musical clásica, su pedagogía era de una característica algo formal. Pero con él conviviendo aquel invierno pude mejor entender la diferencia que existía entre lo que se puede decir un “buen músico” y un artista. Había siempre algo más que aprender de Pin. La mayoría eran cosas intangibles, porque existen en la música muchos elementos que se deben sentir para aprenderlos y eso solo ocurre viendo a un verdadero maestro. A mi personalmente, y con su ejemplo vital, Pin me enseñó a ver, entre otras cosas, cómo el valor va más allá de la duración y el sonido impreso a una nota cuando ésta va acompañada del espíritu que la impulsó, y la poca importancia que puede tener un chorro veloz de notas ante la particularidad de una sola pequeña nota. Creo que he conocido a muchos buenos músicos, pero artistas como Pin, muy pocos.

Y así fue hasta que un día, tal vez por la misma precariedad en que todos vivíamos, se terminaron aquellas inolvidables clases de música. No obstante recuerdo antes haberle presentado a Pin en uno de esos días invernales a una amiga mía francesa que se llamaba Arianne y con la cuál mas tarde supe que se había ido a Grenoble. Después de ese duro invierno, con los primeros días tibios de aquella primavera que iniciaba decidí volverme al sur, a Baleares, para recuperar el calor perdido. Ya otras veces antes me había ido de Paris, casi siempre con una agria sensación de vacío, como un ladrón que escapa sin botín. Esta vez sentí llevarme algo escondido, no sabía con exactitud qué, pero lo sentí valioso.

Pasaron varios años y estando una noche sentado en el Bar de La Opera, en las Ramblas de Barcelona, noté a varias mesas de la mía a un grupito de jóvenes. Me dí cuenta que eran argentinos por su manera atropellada de hablar y observé que rodeaban a alguien mucho mayor que ellos y lo escuchaban casi reverencialmente; me dio curiosidad la circunstancia y cuando mejor observé me di cuenta que estaban con Pin. Me levanté feliz y fui a saludarlo; nos abrazamos fuerte y me contó que estaba en Barcelona esperando el barco que al día siguiente salía para Argentina. Me dijo que me quería mostrar algo y abrió un paquetito envuelto con papel periódico que tenía entre sus manos. De ahí saltaron un montón de fotos arrugadas y manoseadas, en todas ellas había niños, y cuando de pronto en alguna reconocí a Arianne, me contó con su sonrisa de niño travieso que se había casado con ella y habían tenido esos niños que estaban en las fotos, y que se volvía a la Argentina para tratar de rehacer su vida.

Nunca más lo volví a ver. Conservo hasta el día de hoy esa última imagen suya, con sus pequeñas manos, fuertes y callosas, abriendo aquel paquetito lleno de fotos, todas ajadas y manoseadas; rodeado de admiradores, como siempre. Después supe por otros amigos comunes que estaba en Mendoza, y en los últimos años a través de Internet me puse más al corriente de sus andanzas en Buenos Aires, hasta enterarme, con tristeza, que había muerto en una bizarra circunstancia; como todo debió ser en su vida.

viernes, 20 de agosto de 2010

Si los tiburones fueran hombres

de Bertolt Brecht (1898-1956).

— Si los tiburones fueran hombres -preguntó al señor K. la hija pequeña de su patrona- ¿se portarían mejor con los pececitos?

— Claro que sí -respondió el señor K.-. Si los tiburones fueran hombres, harían construir en el mar cajas enormes para los pececitos, con toda clase de alimentos en su interior, tanto plantas como materias animales. Se preocuparían de que las cajas tuvieran siempre agua fresca y adoptarían todo tipo de medidas sanitarias. Si, por ejemplo, un pececito se lastimase una aleta, en seguida se la vendarían de modo que el pececito no se les muriera prematuramente a los tiburones. Para que los pececitos no se pusieran tristes habría, de cuando en cuando, grandes fiestas acuáticas, pues los pececitos alegres tienen mejor sabor que los tristes. También habría escuelas en el interior de las cajas. En esas escuelas se enseñaría a los pececitos a entrar en las fauces de los tiburones. Estos necesitarían tener nociones de geografías para mejor localizar a los grandes tiburones, que andan por ahí holgazaneando.

Lo principal sería, naturalmente, la formación moral de los pececitos. Se les enseñaría que no hay nada más grande ni más hermoso para un pececito que sacrificarse con alegría; también se les enseñaría a tener fe en los tiburones, y a creerles cuando les dijesen que ellos ya se ocupan de forjarles un hermoso porvenir. Se les daría a entender que ese porvenir que se les auguraba sólo estaría asegurado si aprendían a obedecer. Los pececillos deberían guardarse bien de las bajas pasiones, así como de cualquier inclinación materialista, egoísta o marxista. Si algún pececillo mostrase semejantes tendencias, sus compañeros deberían comunicarlo inmediatamente a los tiburones.

Si los tiburones fueran hombres, se harían naturalmente la guerra entre sí para conquistar cajas y pececillos ajenos. Además, cada tiburón obligaría a sus propios pececillos a combatir en esas guerras. Cada tiburón enseñaría a sus pececillos que entre ellos y los pececillos de otros tiburones existe una enorme diferencia. Si bien todos los pececillos son mudos, proclamarían, lo cierto es que callan en idiomas muy distintos y por eso jamás logran entenderse. A cada pececillo que matase en una guerra a un par de pececillos enemigos, de esos que callan en otro idioma, se les concedería una medalla de varec y se le otorgaría además el título de héroe.

Si los tiburones fueran hombres, tendrían también su arte. Habría hermosos cuadros en los que se representarían los dientes de los tiburones en colores maravillosos, y sus fauces como puros jardines de recreo en los que da gusto retozar. Los teatros del fondo del mar mostrarían a heroicos pececillos entrando entusiasmados en las fauces de los tiburones, y la música sería tan bella que, a sus sones, arrullados por los pensamientos más deliciosos, como en un ensueño, los pececillos se precipitarían en tropel, precedidos por la banda, dentro de esas fauces.

Habría asimismo una religión, si los tiburones fueran hombres. Esa religión enseñaría que la verdadera vida comienza para los pececillos en el estómago de los tiburones.

Además, si los tiburones fueran hombres, los pececillos dejarían de ser todos iguales como lo son ahora. Algunos ocuparían ciertos cargos, lo que los colocaría por encima de los demás. A aquellos pececillos que fueran un poco más grandes se les permitiría incluso tragarse a los más pequeños. Los tiburones verían esta práctica con agrado, pues les proporcionaría mayores bocados. Los pececillos más gordos, que serían los que ocupasen ciertos puestos, se encargarían de mantener el orden entre los demás pececillos, y se harían maestros u oficiales, ingenieros especializados en la construcción de cajas, etc. En una palabra: habría por fin en el mar una cultura si los tiburones fueran hombres.